Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

Las manos

Mis manos, mis pobres manos. Ahora, al anochecer, suelen dolerme fieramente, acaso porque se amontona en ellas el óxido de la luz, la sombra de todo lo vivido

De repente, alguien me pregunta “¿y tú a qué te dedicas?”, y de forma instintiva, sin saber bien qué contestar, me miro las manos. Un gesto absurdo, porque hace años que su dedicación principal es pulsar levemente las teclas del ordenador donde proso estas líneas con las que me empeño en ganarme la vida sin saber que es imposible. Pero siempre hubo milagros y este es el mío cotidiano. Palabra.

Mis manos, mis pobres manos. Ahora, al anochecer, suelen dolerme fieramente, acaso porque se amontona en ellas el óxido de la luz, la sombra de todo lo vivido. No siempre ha sido así. Una vez tuve unas manos de domingo que acunaban pájaros y otras formas de la espuma. También tuve manos pretendientes, capaces de la luz y los azules, del temblor de la piedad. Y tuve manos de equilibrista, manos alzadas y en llamas, pero un día se me hicieron utillaje, parte material de la caldera. Ahora acumulan madrugadas y un preciso inventario de la tristeza, esa vida con la que cargan. Seguramente tengo las manos cansadas de la faena, de recoger el violeta de las tardes, desmoronadas de tanta labor y tanta briega.

Mis manos tienen un pasado campesino y metalúrgico. Araron y ordeñaron, combatieron contra tercas tuercas y luego desertaron para, de sol a sol, igual que antes pero de otra forma, labrar palabras. Desde entonces viven así, empeñadas en escribir su propia suerte.

Quizás por eso he llegado hasta aquí con las manos vacías. Un dolor líquido y unas cenizas azules, con esto he alcanzado hasta este punto, y me bastaría con que fuera lo último que tuviera en ellas cuando ya nada quede, cuando presienta sobre el pecho el peso de la tierra. Es muy poco, pero acaso suficiente para no acudir a la cita con el barquero con las manos llenas de nada, como un yacimiento de ausencia, sin un verso siquiera que alguien, alguna vez, pueda olvidar.

Mis manos, mis pobres manos, siempre a la intemperie, con su decida vocación de vacío. Aunque lo parezca, no son iguales. Mi mano izquierda es más laboriosa, ha trabajado, acariciado, golpeado y cuidado más que la derecha. Tiene más existencia, más cicatrices, ha vivido más. Mi mano derecha es más contemplativa, no ha tomado jamás la pluma para escribir un verso y creo que si lo hiciera le saldría enfermo de literatosis. Siempre fue menos herramienta, menos arma, menos capaz que la izquierda. Pero al final las dos, como en la vieja soleá que tantas veces me cantó mi llorado hermano del alma Agustín Lomeña, vacías de tanto dar sin tener. Quién creería, al mirarlas, que pasa por ellas, a veces, la ternura.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents