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Opinión | Tribuna

Desigualdad cubana

En octubre hará 10 años que murió el escritor, periodista, abogado, diplomático y profesor Luis Ricardo Alonso, español de padre, cubano de madre, estadounidense de residencia, católico de fe, socialdemócrata de ideología. Ahora que se exhibe el odio, él decía que no podía odiar a Fidel porque había llorado por él un día en que corrió el bulo de que lo habían matado en la Sierra, cuando los dos se oponían al dictador Fulgencio Batista, Castro con las armas; Alonso con la pluma en tribunas y tribunales.

Cuando se preparaba para regresar desde Parres (Asturias) a Lancaster (Pensilvania, EE.UU.) me despedía de él con el clásico «el año que viene en La Habana» y él cabeceaba un no. Había dejado Cuba medio siglo antes, sabía que la isla era social y demográficamente distinta al mundo en que había crecido, que recordaba con memoria sin nostalgia y conocimiento sin rencor. Amaba cubanamente el país donde había sido escolarizado en el reproche de ser español y por cuya revolución había luchado de joven por su arraigado sentido de la justicia, el mismo que le hizo abandonar sus puestos diplomáticos en Europa a los seis años de castrismo efectivo.

Cuando hace 33 años Cuba sufría el «periodo especial», repartía la miseria de alimento y de energía y convivían la dignidad de la escolarización y la sanidad universales y la hipocresía de la prostitución mulata pagada en divisa, yo le argumentaba que el país seguía siendo un referente frente a la desigualdad caribeña y él defendía que la isla siempre había estado muy por encima de sus vecinos en riqueza y desarrollo.

Falleció el viejo profesor de español de Franklin & Marshall college sin volver a La Habana, murió Fidel, llegó Raúl; se fue Raúl, vino Canel como para rimar otra vieja trova y en Cuba la desigualdad se expresa en una mendicidad a la que empuja el hambre; hay más apagones que luz, falta agua, sube la inflación y a nadie le importa este país que ha dejado de prometer reformas y de amagar libertades porque tiene agotadas las agendas de la esperanza y cerradas las ventanas del interés.

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