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Opinión | Tribuna

Depredador o presa

A mí me gustaría ser la Marie Kondo de las madres. Tener un hijo, cuidarlo y educarlo hasta que cumpla dieciocho, agradecer sus servicios y dejarlo ir, como si fuera una camiseta pasada de moda, un libro ya leído o un adorno inútil. O comportarme como las madres americanas de las películas, que entregan sus hijos a la universidad y se desentienden de ellos hasta que vuelven a casa el Día de Acción de Gracias con tres nietos rubios y educados. Pero no, soy una madre mediterránea, heredera directa de Hécuba, Cornelia, Julia Domna y Livia, hasta de Luperca, la loba que amamantó a Rómulo y Remo en vez de devorarlos, como le decía su instinto carnívoro. Yo no lucho contra mi propia naturaleza, sino contra la naturaleza del mundo que me rodea, como tantas otras madres. Si yo fuera una leona del Serengueti, una rana verde o cualquier animal salvaje, prepararía a mi hijo para desenvolverse solo y me daría la vuelta tan feliz, a seguir con mi vida. Estaría bien confiar así, no tener miedo a los peligros de la jungla o tenerlo, pero haber aprendido a convivir con ello. En cambio, para los humanos, al menos para la clase de humana que soy yo, la maternidad no acaba nunca, o sí, cuando cierras los ojos para siempre y ya dejas de sentir.

Ser madre significa estar llena de terminaciones nerviosas, siempre alertas. Cómo será su primer día de cole, cuándo volverá a casa, tendrá amigos, le cogerán en la entrevista de trabajo…Ser madre significa entender que, a pesar de no ser una leona o una Marie Kondo, debes procurar que tu hijo tenga autonomía y sepa moverse por este lugar extraño al que le has traído a vivir. A lo mejor todo sería más fácil si no leyéramos las noticias o no viéramos los informativos. Quizá por eso en el Serengueti sueltan a las crías, porque no saben lo que les espera. Nosotras sí lo sabemos. Afuera esperan lugares como Gaza, Ucrania o las extensas llanuras del hambre. Y personas que no dudan en defender el uso de armas o utilizar la violencia como forma de comunicación. Nosotras traemos hijos contra el mundo, un lugar hostil para el que nunca se está bien preparado. Por eso da igual que ellos tengan dieciocho o veintiséis. Nosotras no vivimos en las películas americanas ni tratamos a nuestros hijos como si fueran un jersey usado. Por eso duelen tanto. Porque los educamos para la jungla y al mismo tiempo quisiéramos cambiar las leyes de la jungla, confiar en que nuestro cachorro se unirá a los de su especie, será cuidado y cuidará, y sobrevivirá porque buscará el bien común y la solidaridad no solo con los suyos, sino con los más débiles. A lo mejor por todo eso no logramos conciliar el sueño. Cuando cerramos los ojos, en la oscuridad, siempre hay un ruido, una rama que se quiebra, el viento agitando las hojas, una pantera sigilosa que nos recuerda qué nos espera si no tratamos de cambiar un mundo que creemos humano pero que te obliga a elegir ser depredador o presa.

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