Opinión | Tribuna
Vivir para siempre
Putin y Xi se plantean vivir para siempre gracias a los avances en medicina, pero demuestran no conocer todas las implicaciones de su idea
«Mi vida acabe, y mi vivir ordene», dice Quevedo en uno de sus inmortales sonetos. Pero me da la impresión de que ni Putin ni Xi Jinping, presidentes de Rusia y China, tienen al ilustre cojo como poeta de cabecera. Ambos dirigentes han sido cazados por un micrófono indiscreto coqueteando con la idea de durar, al menos, 150 años, aunque alimentan la esperanza de vivir para siempre. Pero para siempre es mucho, demasiado tiempo.
La inmortalidad es uno de los más viejos mitos de la humanidad y ya los primeros contadores de historias se ocuparon del asunto, que entró por derecho propio en todas las mitologías. Desde la ‘Epopeya de Gilgamesh’ venimos escribiendo y especulando sobre esto, dándole distintas formas y narraciones, pero concluyendo casi siempre lo mismo: la vida eterna puede ser un castigo, una maldición. Así lo vieron los griegos, que en el mito de Titono cuentan cómo la diosa Eos (o Aurora para los romanos) le pidió a Zeus la inmortalidad para su hermoso amante (sobrino nieto del no menos hermoso Ganímedes) y le fue concedida. Pero a Eos se le olvidó pedir la juventud eterna, de tal modo que Titono no podía morir, pero envejecía infinitamente. Para aliviarle el sufrimiento la diosa lo convirtió en cigarra. Dice la vieja leyenda que con su canto pide a Tánatos, el de las alas negras, la muerte.
Puede que tampoco sea el fuerte de los dos presidentes la mitología griega, a tenor de lo oído en su conversación, en la que decían confiar en que los avances médicos en trasplantes de órganos les permita vivir muchos años.
«Hoy eres un niño a los 70 años», dijo Xi a Putin tratando de no caer en el mismo error que Eos. Putin le contestó que «gracias a la biotecnología los órganos humanos podrán ser trasplantados constantemente. Las personas podrán vivir cada vez más tiempo e incluso alcanzar la inmortalidad». Inmortales unos cuantos y mortales todos los demás, imagino, porque eso no estará al alcance de todos. No obstante, no termino de entender por qué algunos quieren seguir vivos solo para poder seguir matando, para promover guerras, masacres, hambrunas, tanto dolor y tanta pena.
«¿De verdad quieres vivir para siempre?», se preguntaban aquellos chicos alemanes de Alphaville a mediados de los años 80 del siglo pasado. Aún no había llegado yo a los 20 y ya respondía que no, aunque a esa edad todos nos sentimos inmortales. Sería que ya para entonces sabía de Eos y de Titono y, aunque, como Machado «nunca perseguí la gloria ni dejar en la memoria de los hombres mi canción» también sabía que para ser inmortal bastaba un soneto, no un trasplante.
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