Opinión | Tribuna
El cóctel letal que acabó con la vida de Yolanda
Hay días en que trabajar en un medio de comunicación se hace especialmente duro, no se lo negaré. Y, últimamente, lo es casi siempre. En ocasiones, tiene que ver con el estado de ánimo de una, que también es persona, pero entre la dana, Gaza, los incendios, la desatención social a los más desfavorecidos y debates políticos que hacen perder la confianza en su clase y en el sistema, entiendo a las personas que me confiesan que ya no ven las noticias. Hay que doparse con un blíster de pastillas Barbie para poder hacer frente a nuestro entorno y decir ‘allí os quedáis’.
Si eso nos pasa a personas que, afortunadamente, no vivimos en circunstancias de exclusión social, violencia sistémica, pobreza, delincuencia o discriminación, imaginen aquellos que, además, sufren todo esto. Como por ejemplo Yolanda, la vecina de Llíria que estuvo 12 días secuestrada en un chalet por su marido, quien la sometía a agresiones continuas y vejaciones. Podrán suponerse ustedes el nivel de maltrato que esta mujer tuvo que soportar. Al lograr liberarse, Yolanda -con problemas profundos de adicción- le denunció y se convirtió en el epicentro de los ataques del entorno del marido y las redes sociales, que cuestionaban su relato. Al final, como contó mi compañero Abraham Pérez, Yolanda decidió quitarse la vida.
En este certero y respetuoso análisis, Abraham se preguntaba qué ha fallado para que una mujer víctima de violencia machista, absolutamente vulnerable y acosada por tierra, mar y aire tras haber vivido un episodio traumático no haya encontrado otra salida que suicidarse. Y tiene razón. Su agresor quedó libre tras una multa y la prohibición de no acercarse a su expareja; pero cualquier persona con dos dedos de frente tendría claro que esa mujer necesitaba, sí o sí, atención, acompañamiento y protección. En mayor o menor medida, más presencial o más virtual, más social o más policial; pero Yolanda no tenía que haberse quedado sola, administrativa y socialmente, tras un episodio tan brutal como el que vivió. Aunque se pusieran recursos a su disposición, habrá que preguntarse si estos, en ocasiones, están alejados de las necesidades reales de las víctimas.
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