Opinión | Tribuna
Fuego
Arde España. Se nos queman los montes, los pueblos, las casas, la vida de la gente y la gente también. Se nos ha ido de las manos el fuego, como todo lo que nos cae entre las manos, y no hay forma de controlarlo. Al final, como dijo Séneca tras el incendio de Roma, no va a quedar ni para otro incendio.
Es tan ancestral, y tan renovada, nuestra fascinación por el fuego. En uno de sus luminosos versos, Jorge Luis Borges da las gracias por el fulgor del fuego, que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo. Las llamas nos fascinan y nos espantan a partes iguales. Entre los símbolos que forman parte del imaginario común no hay ninguno que, como el fuego, contenga al mismo tiempo, y de una manera tan balanceada, la dualidad vida-muerte, muerte-vida. Las llamas oscilan sobre una contradicción insalvable: a veces brillan sin quemar y son luz, pero otras veces se desbocan, se emparentan con el fin, con la extinción y es tiempo de tinieblas.
Siempre me ha parecido muy significativo que de los llamados «elementos primigenios» o «elementos presocráticos» (fuego, agua, tierra y aire), el fuego sea el único que el ser humano puede producir, lo que, como señala Hans Biedermann en su célebre ‘Diccionario de símbolos’, lo equipara a los «seres superiores». Lo que no determinó el autor es si esos «seres superiores» caían del lado de los dioses o de los demonios. Seguramente de los dos, atendiendo a esa marcada dualidad que posee.
Pocas cosas más simbólicas que el fuego. Su icono tradicional es un triángulo con el vértice hacia arriba, imagen que evoca a la pirámide (palabra que procede de pyros, ‘fuego’ en griego, y esta, a su vez, de ‘puro’, fuego en sánscrito, la madre de las lenguas indoeuropeas.
Según Bachelard, el fuego es un fenómeno privilegiado que puede explicarlo todo. Si aquello que cambia lentamente se explica por la vida, lo que cambia velozmente se explica por el fuego. «El fuego es lo ultra-vivo». También el poeta y creador del mejor diccionario de signos escrito en español, Juan Eduardo Cirlot, señala lo mismo al decir que es un símbolo de «transformación y regeneración».
Pero ahora, en estos días aciagos, las llamas están destruyendo todo cuanto encuentran. Nada más tenebroso que un incendio como el que está devorando media España, símbolo, quizás, de la dejadez de quienes tienen la responsabilidad de evitar que pasen estas cosas, empeñados siempre en sí mismos, en sus mediocres ambiciones de foto y tuit. En uno de nuestros monumentos literarios, ‘La Celestina’, se dice que entre los elementos, el fuego, por ser más activo, es más noble y en las esferas puesto en más noble lugar. Y dicen algunos que la nobleza es una alabanza, que proviene de los merecimientos y antigüedad de los padres; yo digo que la ajena luz nunca te hará claro, si la propia no tienes.
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