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Opinión | Para empezar

Cuando el ruido es bueno y el silencio es malo

Miles Davis decía que el silencio es «el más fuerte de todos los ruidos». La opinión tiene su peso, aunque solo sea porque proviene de un caballero que estuvo más de medio siglo dale que te pego a la trompeta. La RAE, en su segunda acepción para definir el silencio, lo describe como «falta de ruido». Son dos caras de la misma moneda, una que tintinea más de la cuenta en las Pitiusas durante todo el verano, con tanto turista desmadrado. Eso invita a pensar que el silencio es bueno por naturaleza y que el ruido es su reverso maligno, negativo por sistema, pero no estoy de acuerdo. A ver si les convenzo.

Cuando una casa familiar se vuelve a llenar en verano, el ruido, del latín rugitus (rugido), se propaga a cada rincón de la vivienda. Los niños hacen lo suyo: reír, llorar y arramblar con todo. Los adultos tampoco se quedan a la zaga, ya que a las sonoras quejas por todo lo que hacen los pequeños añaden su propia contaminación acústica, con el agravante de que sus pulmones son más grandes y pueden subir aún más el nivel de decibelios. Quien lo ha vivido sabe que el guirigay puede ser desquiciante por momentos, pero lo duro de verdad es cuando todos esos sonidos se apagan hasta las próximas Navidades, o puede que hasta el siguiente verano. Que se lo digan a los abuelos, heroicos y añorantes.

¿Y qué decir del silencio? Glorioso sentir su presencia en mitad del campo, alejados del mundanal ruido, si acaso con las chicharras como únicas intrusas. Pero cuando uno se sienta en un despacho oficial, pagado con el dinero de todos los españoles, no puede pensar que está descansando tranquilamente, rodeado de naturaleza y pajaritos que silban su alabanzas, se supone que a su habilidad para llevarse un generoso sueldo, bien calentito al bolsillo, sin dar un palo al agua. Los trabajadores públicos, y sobre todo sus cargos, jamás deberían olvidar quiénes pagan esos dineros. ¿Se imagina vaguear en el curro y no tener que responder ante nadie? ¿Verdad que no? Cada contribuyente es un jefe que puede exigir responsabilidades y merece respuestas. El silencio puede ser el mayor desprecio. Conviene no olvidarlo.

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