Opinión | Tribuna
Tantos «yo soy»
Todo el que dice «yo soy» es porque no tiene quien le diga «tú eres»
Hay gente que lleva días y noches poniendo en orden su impostura. Gente que dijo ser lo que no era, tener lo que no tenía, saber lo que a ojos vista no sabe. Recolocan los currículos y, si alguien pregunta, todo aquello fue un error que ya está arreglado. Toda esta pantomima me ha hecho recordar algo que quizás alguna vez ya habré contado, pero que acaso pueda valer para algo, aunque sea solo hacerle ameno a alguien el primer café de la mañana.
Llevaba poco en aquel periódico, mi primer periódico. Era el más novato y también el más joven. A alguien le escuché decir que al día siguiente venía a la ciudad Paco Toronjo. Entre las herencias culturales recibidas de mi familia está el flamenco, que era marginal en mi infancia, algo despreciado por ser cosa de gente de baja estofa, y ahora es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
Sea como fuere, yo admiraba a Toronjo por su forma de decir los fandangos. Mi padre le tenía un profundo respeto como cantaor y yo heredé también esa reverencia que se debe a quien, desde la tradición, aporta una pizca de genio, un modo personal de hacer las cosas.
Me metí en el despacho del director y le dije: “quiero ir mañana a entrevistar a Toronjo”.
“¿Pero tú sabes quién es Toronjo?”, me preguntó, sorprendido de que aquel chaval de la melena rizada, las barbas y la pinta de rockero supiera algo de flamenco. “El mejor cantaor de fandangos -respondí-. Tal vez el mejor de la historia”. Se sonrió y me dijo: Mañana a las cinco en el Málaga Palacio.
A las cinco en sombra de la tarde entraba yo en la cafetería del hotel. Toronjo ya estaba allí, sentado junto al ventanal. Imponía su presencia, había algo en él que marcaba distancias. Me saludó cortés pero frío. Su voz, de las que los flamencos llaman “afillá”, estaba hecha para la frase corta, sentenciosa. Me di cuenta de que también hablaba por fandangos.
Me costó entrar, pero cuando supo que estaba ante un aficionado y un admirador abrió un poco la válvula y me contó muchas cosas. Así supe que siendo un niño se escondía de las palizas de su padre metiéndose en los nichos vacíos del cementerio de su pueblo, Alosno… Que luego llegó la popularidad, el dinero… Y que todo fue y vino, como suelen ser las cosas en la vida. Y una frase, al hilo de lo hablado, que no he olvidado. Mirándome a los ojos desde muy profundo, con esa mirada chiquitilla y avispada que tenía, la mirada que se suele tener al regreso, me dijo:
- Mira, niño, todo el que dice “yo soy” es porque no tiene quien le diga “tú eres”.
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