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Opinión | Tribuna

En agosto

Las hordas de turistas toman las calles, los vecindarios enteros, las playas y la vida, y uno no sabe dónde meterse para vivir la suya sin sentirse expropiado

Hemos llegado a agosto, ese mes dormido, ancho y abandonado de sí mismo, solo con las fuerzas suficientes para sentarnos ante el mar y seguir sin comprender qué es esto de la vida.

A mí en agosto el verano siempre me pilla ya agostado, mucho más ahora, en estos tiempos en que me siento, como tanta gente, invadido. En el sur que habito y que me habita, las hordas de turistas toman las calles, las casas, los vecindarios enteros, las playas y la vida, y uno no sabe dónde meterse para vivir la suya sin sentirse expropiado. El turismo, esa industria tan (em)pujante, ya no es lo que era, desorientada de selfies, de ruido y de consumo, lo que ha venido a lograr que todos los sitios se parezcan tanto unos a otros que han acabado transformados en un no lugar. Yo no sé qué gracia debe tener recorrer unos cuantos miles de kilómetros para acabar en una ciudad en la que solo vas a encontrarte con otros turistas que van a encontrarse con otros turistas.

Entretanto trato de buscar un hueco no invadido siguiendo mis viejas tradiciones. Una de ellas es releer ‘Luz de agosto’, novela de William Faulkner que en España se hizo famosa porque José Sazatornil ‘Saza’ la nombraba en esa maravilla de nuestro cine que es ‘Amanece que no es poco’.

Creo haber contado alguna vez que ‘Luz de agosto’ me pareció siempre una cursilada impropia de ese retratista de demonios que era Faulkner. Todo título es una estratagema, esconde una dirección o una confusión. Las posibilidades de error son prácticamente infinitas, y siempre pensé que ese era fallido porque tenía, tiene, más bien título de poemario cursi con el que presentarse a la flor natural de Villatortas del Medio, y eso no me cuadraba hasta que encontré en Juan Carlos Onetti, el inmenso narrador (seguramente el mejor en lengua española) la explicación. En la mítica editorial Losada de Buenos Aires el poeta ultraísta Guillermo de Torre se encontró con una traducción literal del título original ‘Light in august’, o sea, luz en agosto, teniendo luz el significado de nacimiento, de dar a luz, porque la novela cuenta la historia de una muchacha, Lena («tan fácil de querer», añadía Onetti), que viaja a pie por el profundo sur, embarazada y buscando al padre de la criatura que le crece en las entrañas. Y el poeta pensó que ‘luz en agosto’ sería un título confuso para los lectores en español, de modo que decidió poner el definitivo ‘Luz de agosto’, que quedaba, además de cursi, más confuso aún. Guillermo de Torre no tuvo en cuenta que la luz de agosto en Buenos Aires, donde aún es pleno invierno, no es igual que en España, donde tanto se parece a la de un infierno que se devora a sí mismo.

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