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Opinión | Tribuna

Perdiendo la esperanza

Delante de panoramas de violencia que estamos viviendo uno podría perder la esperanza y es algo que no nos podemos permitir, ya que si así fuera nada tendría sentido. Ante el conflicto en Gaza un político, Josep Borrell, afirmaba haber «perdido la esperanza de que Europa reaccione», así como sentir «enorme tristeza» al ver la reacción de Europa ante este conflicto. Si bien reconoce lo complicado que es poner freno, ha lamentado que pese a ser europeos que predican con «el respeto al derecho» también «somos cómplices de esto». Afirmando incluso que con nuestra inacción «ayudamos a que ocurra».

Una población entera muere de hambre, es bombardeada incluso cuando se acerca a los puntos de distribución de alimentos, es masacrada por unos dirigentes políticos que han pedido a sus aliados “que les dejen acabar su trabajo”, exterminar a todo un pueblo. Y las diferentes naciones, silencio, una invitación a perder la esperanza. A nuestro alrededor una clase trabajadora que no es capaz de salir de su pobreza a pasar de estar trabajando, unos sueldos que no dan para vivir dignamente, una carencia de vivienda digna para todos aquellos que la necesitan por la especulación de unos pocos, porque los dirigentes políticos, como en Gaza y otros muchos conflictos bélicos, lo único que saben hacer es invitarnos a perder la esperanza.

Ya nos invitaba el Papa Francisco en su exhortación Evangelii Gaudium, “no se dejen robar la esperanza” (n. 92). Es algo fundamental en la vida para seguir trabajando por la justicia, a la que por desgracia, los que tienen autoridad y poder para poderla ejercer miran hacia otro lado. Por este motivo, ante tanta desesperación se ha convocado el jubileo de la esperanza, un jubileo que nos recuerda que no todo está perdido, que, aunque los proyectos políticos se olviden de los más débiles nosotros, los de a pie, no queremos dejar de reivindicar un mundo más justo y solidario para todos, un mundo donde otra manera de vivir es posible, un mundo abierto a la transcendencia, a un Dios Padre que no permite que su pueblo siga siendo explotado. “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado el clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos” (Ex 3, 7-14). Ante la situación de opresión que padece el pueblo, y de la que Dios es muy consciente, ¿cuál es la postura que adopta Dios? Su postura es “bajar” para librar a los suyos de la mano de los egipcios que los esclavizan, estar cerca de los que sufren, compadecerse, padecer con ellos. Así también queremos actuar nosotros.

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