Opinión | A pie de isla
Grúas torre emplumadas de gaviota
En Ibiza hay gaviotas enloquecidas que han optado por permanecer horas posadas sobre la cúspide de las grúas torre de construcción, que vengo observando en número creciente en algunos tramos de la costa. Caminando, reparé en una que se levanta ahora entre la playa de Niu Blau y Cala Pada, lugares próximos a Santa Eulària.
Yergue esta su vertiginosa y estrecha torre de hierros conjugados a lo alto −más o menos al modo ideado por Gustave Eiffel−, frente al mar, muy cercana a su orilla. Tanto, que no dejo de delirar que con su cable de acero podría apresar las escasas olas sediciosas que, de vez en cuando, aparecen en las aguas remansadas de las calas, a fin de zarandearlas luego en el aire hasta sofocar su rebeldía. No puede permitirse que nadie rompa la tópica imagen marina de esta arrolladora meca turística que es la isla. Nadie. Ni siquiera una ola díscola que quiera hacer correr el mar de verdad por sus venas, para no sentirse reducida a la nada azulona de una insípida foto.
No contentas las gaviotas con posarse como acróbatas en estas grúas, algunas han ido más lejos, escogiéndolas como residencia permanente, estableciéndose incluso por colonias. Así ocurre, por ejemplo, con la que acabo de mencionar del término de Santa Eulària. Resultaría ideal como puesto de mando, si es que algún día estas aves deciden ponerse al frente de una insurrección de pájaros contra el monopolio que hace del cielo el denso tráfico aéreo de la isla en verano.
Por otro lado, quien pase bajo la sombra de esta grúa torre debería ir provisto de algo más que de un casco de obrero al uso. Le convendría echar mano también de un paraguas reglamentario, y bien grande, por cierto, resistente a los diluvios del dios de Abraham, si es que no quiere acabar bañado literalmente por una catarata de excrementos de gaviota; experiencia harto desagradable que requiere de una buena manguera −a ser posible de bombero− y de unos cuantos estropajos de esos de fregar paellas los domingos y fiestas de guardar. Y si al desgraciado al que le ha tocado en suerte recibir del cielo tan nauseabunda y viscosa descarga es presa fácil de traumas, no estará de más que acuda a la consulta de un psicólogo colegiado. Hay que ver lo que se equivocó Hitchcock en su célebre película ‘Los pájaros’ al ubicar en los picos, y no en las cloacas, la más letal arma de estos animalitos que Dios hizo volar sobre nuestras cabezas para satisfacción de Newton.
Las gaviotas prefieren esta especie de ‘acantilados de metal’, que son las grúas torre, a los de roca de toda la vida, que últimamente parece deprimirles, por constituir en sí un escenario excesivamente dramático cuando el tiempo empeora. Además, se los conocen todos y se aburren ya, las pobres. Y eso que a los ‘acantilados de metal’ los baten lóbregos oleajes de ladrillo y hormigón que no cesan de golpear el litoral con puños de maestro de obras. Pero no les importa, aprueban las adulteraciones que aporta nuestra cultura al paisaje. Además, les ha dejado incluso de interesar las cosas del mar; anteponen progresar en los submundos creados por la raza humana, en la medida en que generan más desechos orgánicos que escamas platea la inmemorial despensa del mar. Basta de pelear con los elementos y con la escasez de capturas. Gustosas regalan ahora a sus antiguos competidores, los cormoranes, los peces por los que antes reñían; que estos pringados sean los que ocupen sus antiguos palcos del acantilado de piedra, ¡ya están tardando!
Así pues, renuncian a localizar sus presas desde las atalayas de roca. Ahora solo tienen ojos para las abundantes basuras que desperdiga el hombre aquí y allá, como mojones que señalan su imparable conquista territorial, la típica de una plaga bíblica. Es justo a la suerte de esta última donde ha fiado su futuro la gaviota, como han hecho también el zorro y otros animales terrestres en el interior de la Península.
Qué mejor que otear la copiosa comida sobrante del ser humano desde el mirador natural de las basuras mismas: una grúa torre cualquiera de construcción. Pasan tanto tiempo allí posadas que sus plumas van impregnándose de limaduras y corpúsculos de hierro. Ahora sí experimentan en su propio cuerpo el campo magnético terrestre. Saborean el poderoso imán del planeta y se sienten hijas suyas y poderosas. Saben a qué sabe al asearse su plumaje con los picos. Se acabó lo de Juan Salvador Gaviota; ahora se apellidan todas Ferro.
Cuando desde la cima de estas torres se precipitan al vacío, para acto seguido extender sus alas y planear a sus anchas como una suerte de cóndores pitiusos, acaban por dejar una estela de óxido en el cielo que ni la lluvia, ni los aviones, ni los dedos de Dios logran borrar luego.
Suscríbete para seguir leyendo
- Serpientes en Ibiza: dos grandes ejemplares sorprenden a los vecinos de Santa Eulària
- El regalo inesperado que recibió un trabajador de un hotel de lujo en Formentera tras un duro día de calor
- Barrios de Ibiza: Vuelve a abrir sus puertas el bar de este centro social
- Estos son los nombres propios del top empresarial de Ibiza y Formentera
- El Chiringay se despide tras 45 años de historia en Ibiza
- Félix García, experto en reformas: 'En el cuarto de baño utiliza el hueco de la ducha también para meter la zona de lavandería con secadora y lavadora
- La mariposa renace y pinta el cielo en Ibiza
- Denuncian el robo de 19 bolsos artesanales valorados en más de mil euros en una tienda de Santa Eulària
