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Opinión | Tribuna

Edificios inadaptados

Desde hace más de treinta años se debería haber exigido por normativa construir de manera más eficiente, con materiales más sostenibles y aislantes

Inmersos como estamos en pleno verano y sin saber si lo que atravesamos son olas de calor o todo ello es una ola eterna, nos torpedean con neologismos como refugios climáticos urbanos y con noticias sobre la adecuación de los edificios a la nueva realidad y a sus temperaturas. También se nos advierte de que en el año 2050 media España tendrá que aguantar temperaturas propias de Marrakech. A su vez ello supone que media Francia tendrá que aguantar temperaturas propias de Badajoz. Y ante esto, la proposición es adecuar los edificios a una realidad que se nos ha venido encima, no de repente, pero sí bastante rápida.

Ahora bien, la pregunta es inevitable: ¿No hubiera sido mejor hacer las construcciones pensando en esa subida paulatina de las temperaturas? Es que parece que nos acordamos de santa Bárbara una vez que ha caído el chaparrón, porque ni los truenos hemos querido oír, intencionadamente. El motivo es que el mundo de la construcción y todo lo que mueve e implica es uno de los más especulativos y rentables, estando aquí el kit de la cuestión una vez más. Y también lo estará en las reformas y acondicionamientos que haya que emprender. El dinero hay que moverlo, que algo se queda por el camino, escuche decir muchas veces a los más sabios del lugar. Y el ladrillo siempre ha sido en nuestro querido país un buen lugar donde meterlo.

Pero retrocedamos varias décadas para ver todo esto con perspectiva e intentar entender el asunto. A nivel rural, en pueblos y casas unifamiliares, se puso de moda modernizarlas o tirarlas enteras, según los posibles de cada uno. Cambiar techos de ripia por tableta, puertas y ventanas de madera de dimensiones razonables por portones y ventanales de hierro con cristales sencillos, paredes interiores de adobes por tabiques de media asta, y paredes exteriores de piedra de más de medio metro por paredes de doble asta recibida con cemento y pintada del color que fuera. Se subieron techos, se ganó espacio y comodidad. Y se remató poniendo calefacción en toda ella para los duros inviernos. Nadie pensó en los duros veranos. O a lo mejor es que entonces nos parecía que no lo eran tanto. Con salir a la fresca y refrescar la casa por la noche era suficiente.

Y en las ciudades, algo parecido, pero con sus matices. El éxodo rural de mediados del siglo pasado provocó la llegada de mucha gente a la que hubo que cobijar, cómo fuera y dónde fuera, construyendo edificios de cualquier manera, menos eficientes y adaptados. Pero lo grave de todo este asunto es que se ha seguido haciendo así, incluso una vez pasadas las estrecheces. Se han modernizado algo poniéndoles ascensor, porteros automáticos, excavando garajes, dotando a los bajos de jardines y a los áticos de placas solares inviables. Pero al verdadero meollo no se llega. Se construye de cualquier manera, con materiales de media o baja calidad, con ventanales inmensos, con paredes de papel de fumar, sin apenas aislamiento exterior, con persianas de plástico… Y ponga usted la calefacción en invierno y el aire acondicionado en verano, siempre que haya para pagarlo, claro está. ¿Y ahora venimos con que hay que adaptar los edificios? Parece una broma de mal gusto. Desde hace más de treinta años se debería haber exigido por normativa construir de manera más eficiente, con materiales más sostenibles y aislantes, tanto en la obra pública como en la privada. Ya no demando una orientación adecuada, cosa también esencial. Y no nos hagan tragar con la justificación del precio diciendo que se subiría por las nubes, que bastante caros se han pagado ya los pisos para lo que nos han dado.

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