Opinión | Tribuna
La fuerza de las abuelas
A la genetista estadounidense Mary-Claire King, premio Princesa de Asturias de Investigación Científica 2025, hay que agradecerle, entre otras muchas cosas, el hallazgo del «índice de abuelidad», una fórmula estadística que, a partir del ADN mitocondrial, que se hereda principalmente por vía materna, determina la probabilidad de parentesco entre un individuo y su abuela. Las pruebas de paternidad eran de uso habitual desde los años 70, pero no existía nada similar para determinar la «abuelidad». En ausencia de los padres era imposible determinar la filiación de los niños.
El «índice de abuelidad» fue decisivo en la causa de las Abuelas de la Plaza de Mayo, en Argentina, y permitió demostrar, científicamente y de forma inapelable, el vínculo con los niños robados por la dictadura militar entre 1976 y 1983. El régimen puso en marcha una monstruosa maquinaria de eliminación física de sus opositores y entregó a familias afines a los bebés nacidos en cautiverio o secuestrados con sus madres.
Las cifras son algo confusas, pero se estima que en Argentina, durante la dictadura, desaparecieron unas 30.000 personas y, entre ellas, cerca de 500 niños pequeños. Las Abuelas de la Plaza de Mayo siguen buscando a 300 de esas criaturas. Mary-Claire King, junto con otros colegas, entre ellos Víctor Penchaszadeh, respondió a la petición de ayuda de las abuelas argentinas y formuló un método para establecer con precisión la identidad de sus nietos a partir del ADN. Hasta llegar a ella habían llamado a la puerta de academias, laboratorios y universidades.
La primera restitución de identidad que incorporó el análisis de King como prueba data de 1984. La nieta recuperada fue Paula Eva Logares, nacida el 10 de junio de 1976 en Buenos Aires y secuestrada con sus padres cuando aún no había cumplido los dos años, en Montevideo, en Uruguay, donde la familia se había refugiado. A Paula la habían llevado a jugar al parque, un día de fiesta, y allí fue donde los asaltaron y se los llevaron encapuchados a los tres.
Como en el caso de otros bebés, los padres «desaparecieron» y la identidad real de la niña fue encubierta. En 1983 las abuelas supieron de una chiquilla que había sido inscripta como hija propia por un subcomisario de la policía bonaerense y su esposa. Elsa Pavón la identificó como su nieta y el «índice de abuelidad» confirmó que, efectivamente, se trataba de Paula Eva Logares. La nena fue devuelta a su abuela materna, que le devolvió el recuerdo de sus padres. Elsa los sigue buscando, a ellos y a un segundo nieto, porque cuando se la llevaron su hija estaba embarazada.
Mientras los niños perdidos crecían en hogares ajenos, las Abuelas de la Plaza de Mayo trascendieron el dolor de la pérdida y empezaron a reunirse y organizarse.
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