Opinión | Tribuna
Ética y estética
Parece que en esta vida todo tiene mayor o menor importancia dependiendo de la cantidad. Que el volumen es más valioso que la esencia, las apariencias que el fondo, los gestos que las acciones. Es una tendencia que, aunque no nueva, se ha vuelto más visible en los tiempos que corren, donde la ética parece andar de vacaciones permanentes y la moral se mide en gramos.
Supongo que tiene mucho que ver con este clima de pérdida de principios que nos rodea. Un tiempo en el que, si enfrentas a algunas personas a decidir entre salvar a su perro o a un niño desconocido, ten por seguro que el perro vivirá feliz unos años más, porque la elección entre lo sentimentalmente cercano y lo éticamente correcto se ha vuelto cada vez más complicada en ciertos sectores de la sociedad. El egoísmo, la comodidad y el «sálvese quien pueda» parecen haber ganado la partida.
Dirán ustedes que qué tiene que ver la cantada con la ética, pero es que, en medio de este maremágnum de noticias sobre la corrupción (¿presunta?) de varios dirigentes del PSOE, ha salido a la luz que, en las primarias de este partido, al menos dos votos fueron fraudulentos a favor de Sánchez. Pero a ver, dicen los fieles: ¡que sólo son dos en una diferencia de 10.000! Así que, para sus entregados feligreses, el fraude no es tan malo porque, total, es una cantidad ínfima. Sospecho que en realidad sólo les parece malo (al igual que el resto de porquería que ha visto la luz) porque les han pillado, no porque de verdad vean indecentes ciertas prácticas.
Y es que la ética, cuando se mide en cantidades, pierde su esencia. Si robar cien euros no es lo mismo que robar un millón, entonces la delimitación de lo correcto e incorrecto se convierte en una cuestión de contabilidad, no de principios. Por eso lo grave no es que sean dos votos, sino que alguien haya considerado aceptable manipular el proceso: es el gesto, el mensaje, la puerta que se abre y que, una vez abierta, difícilmente se cierra.
Esos dos votos y admitir que apenas son nada, es la punta del iceberg de un problema mucho mayor: la normalización de la falta de ética en la vida pública. Cuando los ciudadanos ven que sus líderes hacen trampas, aunque sea en pequeñas dosis, pierden la confianza en el sistema. Y cuando la confianza se pierde, la democracia se debilita.
Así que el debate no debería centrarse en si dos votos son relevantes o no, sino en por qué, en pleno siglo XXI, seguimos midiendo la gravedad de los actos por el número de veces que se repiten, y no por el daño que causan a la sociedad.
La ética no es negociable. Porque, si no, llegaremos a un punto en el que lo importante no es hacer las cosas bien, sino que parezcan bien. Y eso, queridos lectores, es el principio del fin, porque en un país democrático cada voto cuenta, cada gesto importa y cada acción tiene consecuencias. O deberían. No lo olviden.
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