Opinión | Tribuna
El machismo que no cesa
Se esconde tras el lenguaje, tras las costumbres, tras la aparente modernidad de quienes, en público, se declaran feministas
Estábamos tan contentas. De verdad. Habíamos celebrado, con la ingenuidad de quien cree que la historia avanza en línea recta, la desaparición de los piropos en la calle. ¡Por fin! Se acabaron aquellos días en los que caminar por la acera era una especie de gincana esquivando comentarios no solicitados, miradas invasivas y con esa sensación de ser, siempre, el objeto de la frase ajena. Habíamos ganado, pensábamos, una batalla más en la guerra interminable por los derechos de las mujeres. Y, en nuestra alegría, creímos que el machismo y el heteropatriarcado habían hecho las maletas para no volver.
Bajarnos de la nube
Pero la realidad se encargó de bajarnos de la nube. No sólo no se han ido, sino que han encontrado nuevas formas de camuflaje. Hoy, el uso y abuso de las mujeres se ha institucionalizado, se ha vuelto sofisticado y, por tanto, mucho más difícil de combatir. Y sobre todo, se agazapa entre las formas de hacer de quienes más presumen de ser feministas y aliados de las mujeres. Se esconde tras el lenguaje, tras las costumbres, tras la aparente modernidad de quienes, en público, se declaran feministas y, en privado, perpetúan las mismas dinámicas de siempre. Con razón algunas mujeres odian tanto a los hombres, si precisamente los de su cuerda, los progres, son los peores.
Basta con escuchar los audios de los últimos escándalos políticos —ay, esos amigos que graban conversaciones privadas, qué confianza— para detectar el tufo rancio de un desprecio de raíz. Ahí están en los medios los términos: «la novia de Ábalos», «la amiga», «las acompañantes». Palabras que reducen a las mujeres a meros apéndices, cromos que ellos se intercambian, favores que se conceden desde el paternalismo más casposo. Porque, claro, ellas no necesitan asistir al trabajo, ni preocuparse por los gastos; para eso están ellos, los protectores, los que deciden y disponen.
No es una anécdota aislada. Es la misma lógica que imperaba —y, no nos engañemos, sigue imperando— en esas facultades en las que algunos profesores suben o bajan notas y ofrecen becas, siempre que sea a puerta cerrada, aunque todo el mundo lo sabe, todo el mundo lo comenta, y el silencio se convierte en cómplice. Los ‘aliades’, esos que se cuelgan la medalla del feminismo en público y, en privado, siguen jugando al mismo juego de siempre.
Abuso de poder
Y, por supuesto, mucho peor que un piropo es el abuso de poder. Es utilizar tu cargo para aprovecharte de niñas tuteladas, con la connivencia de otros tantos ‘aliades’ y, para más inri, de tu ex esposa. Es plantearte, sin rubor, que azotarías hasta hacer sangrar a una presentadora de televisión, simplemente porque no comparte tu ideología. Porque no es tan mujer si no es «de las tuyas».
A veces me sorprendo echando de menos la sinceridad brutal de aquellos chavales del colegio mayor, que berreaban ventana a ventana a las chicas del otro colegio. Era un intercambio de lindezas, sí, pero al menos era un enfrentamiento abierto, una tradición anual en la que ambos sexos sabían a qué atenerse. Nada que ver con la hipocresía de los nuevos tiempos, en los que el machismo se esconde bajo la alfombra, disfrazado de buenas intenciones y discursos progresistas
Porque lo que no soporto, lo que me revuelve las entrañas, es ese desprecio disfrazado de protección, ese paternalismo que nos reduce a figurantes en una obra que nunca escribimos. El machismo no ha muerto, solo ha cambiado de piel y se esconde entre los progres, a la vista de todos. Lecciones de moral, de ésos, ni una.
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