Opinión | Tribuna
Tengo miedo a aparecer en los whatsapps de Ábalos
Siempre he preferido los silencios a los pantallazos. Aun así, uno empieza a mirar el móvil con más miedo del habitual. Como si cada palabra escrita, cada chiste privado, cada reflexión políticamente incorrecta pudiera, en el futuro, acabar estampada en la portada de algún digital, invocada por un exministro despechado o utilizada como munición en un ajuste de cuentas entre camaradas. Aquello tan viejo de “al suelo, que vienen los nuestros” ha dejado de ser una broma de trinchera para convertirse en una estrategia de supervivencia. Porque no hay enemigo más letal que aquel que, alguna vez, te llamó ‘compañero’ —quizá incluso ‘amigo’— por WhatsApp.
José Luis Ábalos, aquel hombre que fue mano derecha de Pedro Sánchez —cuando todavía existía la figura del “hombre de confianza”, un término del que algunos (pocos) aún nos enorgullecemos— ha decidido abrir la caja de los truenos. Y lo ha hecho como manda el siglo XXI: con capturas de pantalla. Los mensajes entre él y el presidente del Gobierno, algunos ya filtrados y otros prometidos para futuras entregas, han revelado poco contenido político, pero mucho sobre el estado emocional de quien los conserva. Más que una memoria histórica, parecen una libreta de agravios con ínfulas editoriales.
Ábalos dice que esos mensajes forman parte de sus memorias. Un diario de guerra alojado en la nube. Pero lo que realmente dejan ver es que, en el corazón del poder, no había nobleza ni estrategia de Estado, sino una conversación de WhatsApp en bucle: emojis, reproches, algo de victimismo y mucho cálculo. Una política gestionada desde la notificación, más que desde la convicción.
Ahora, el PSOE lo considera un verso suelto. Antes fue ministro de todo y muro de contención para muchos. Pero cuando el caso Koldo empezó a oler a algo más que “problemas personales de un asesor”, alguien decidió que lo mejor era empujarlo hacia los márgenes. Como si el hedor se evaporara simplemente retirando al portador del perfume. Y en ese exilio político, Ábalos encontró tiempo para revisar su archivo digital. No para recordar, sino para armarse.
No es la primera vez que una carrera política salta por los aires por culpa de un móvil. Ya hemos visto cómo, en otro tiempo y en otro lugar, una prometedora figura local fue fulminada por mensajes privados sacados de contexto, amplificados con saña y convertidos en escándalo sin delito. Entonces no hubo estrategia ni filtración voluntaria: hubo exposición forzada. Lo que ayer fue motivo de dimisión, hoy sería sólo ruido de pasillo. Así ha cambiado la escala moral. Y también la escala de oportunismo: donde antes se pedía explicaciones, ahora se pide espectáculo.
Lo preocupante no es sólo la filtración, sino la lógica perversa que la sustenta. La política española lleva años ensayando este nuevo género narrativo: el ajuste de cuentas vía móvil. Cae uno, y de repente aparecen los mensajes. No los discursos memorables, ni los proyectos de país; no los logros ni los sacrificios personales, familiares o profesionales: los mensajes. Ese material viscoso, íntimo, cotidiano, donde se ve lo que nadie debería ver y se interpreta lo que nunca fue dicho para ser juzgado. El morbo sustituye al debate; la captura, al pensamiento.
Ya hemos visto cómo en este país las conversaciones privadas se transforman en carnaza pública, cómo el contexto se disuelve y cómo lo que ayer era camaradería hoy se presenta como prueba incriminatoria. No hace falta haber cometido un delito; basta con haber confiado en la persona equivocada. Basta con haber escrito sin pensar en la posibilidad del pantallazo. Basta con no haber sido útil políticamente a tiempo.
Ábalos, sin embargo, parece haberlo pensado demasiado. Su relato no nace del descuido, sino de la estrategia. Es una venganza editada con precisión quirúrgica. Una forma de decir: “Yo también tengo munición”. No busca justicia, busca no caer solo. Y si en el camino cae alguno más, mejor. Porque aquí, hasta la traición se planifica en diferido.
Y esa es la parte más inquietante. Vivimos tiempos en los que los pasillos del poder ya no huelen a puro ni a Axe, sino a notificación. Donde los discursos se olvidan, pero los mensajes se guardan. No para recordar, sino para usar. Porque todo el que ha estado dentro sabe que el valor de un mensaje no está en lo que dice, sino en cuándo y cómo se filtra. La lealtad no dura más que una legislatura, y a veces, ni eso.
Así que sí, tengo miedo de aparecer en los WhatsApps de Ábalos. No porque haya hecho nada malo, sino porque en esta política —más parecida a una serie turca que a una democracia madura— uno nunca sabe cuándo se convierte en daño colateral. Aquí ya no se dispara por convicciones, sino por conveniencia.
A veces, la diferencia entre ser testigo o víctima está en una conversación archivada. Y a veces, el mayor acto de dignidad consiste simplemente en no guardar nada.
Mariano Hidalgo es periodista
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