Opinión | Tribuna
Ni un turista más, ni un ladrillo más
La decisión del Govern balear, acogida con entusiasmo por el Consell y los ayuntamientos ibicencos, de aumentar la edificación en suelo rústico para la construcción de vivienda es una muestra de la total ceguera que afecta a nuestros políticos. Ibiza, actualmente, sin necesidad de construir un solo palmo más, ya está en situación de colapso. Hoy mismo, con lo que hay edificado actualmente, no tenemos agua (dependemos de desaladoras como un enfermo de riñón depende de un aparato de diálisis), no tenemos un transporte público de verdad (nos han hecho adictos a los coches) y las depuradoras nuevas que hoy se inauguran quedan insuficientes en pocos años. No hay suficiente isla para tanta gente, sencillamente.
El pretexto de que esta vivienda será a precios asequibles es uno de esos cuentos chinos que ya se han oído otras veces y que acaban siendo sistemáticamente incumplidos. No serán para trabajadores con sueldos modestos. Estas viviendas acabarán siendo, por una vía o por otra, fagocitadas por los circuitos de especulación turística, que entregarán estas futuras casas a los de siempre. No se puede ser tan ingenuo.
Esta medida se añade a otra igualmente deplorable y que ilustra bien a las claras la escasa capacidad del Consell para entender los problemas de Ibiza. Se trata del alquiler turístico de las casas payesas. Con la decisión de permitir instalar turistas, aunque solo sea dos meses al año, en este tipo de construcciones rurales, el Consell está impidiendo de facto que estas casas puedan ser alquiladas durante todo el año por parte de funcionarios, profesores, médicos, policías, etc. Aunque los turistas estén solo dos meses en ellas, eso ya supone un impedimento para alquilar esas viviendas de forma permanente a cualquier residente o trabajador.
Es decir, de un plumazo, el Consell se ha cargado 1.000 posibles viviendas (6.000 plazas) para alquilar todo el año justamente cuando más falta hacen. No solo se turistifica más el suelo rústico y se satura con más gente y más tráfico, sino que se suprime parte de la poca oferta de alquiler fijo existente. Valiente manera de luchar por la vivienda.
Y, como supuesto remedio, se propone ahora construir más casas en el campo, con las consecuencias que ya se han comentado antes. Semejante disparate da idea de cuál es el futuro que nos espera, tanto en materia de vivienda como de territorio, con el suelo rústico convertido en una inmensa urbanización dispersa cuajada de villas mientras siguen floreciendo las chabolas a lo largo y ancho de la isla.
Al final, nuestro problema de base y origen de todos los males es el exceso de turismo. Con la hipocresía que caracteriza a nuestros políticos, por un lado dicen que hay saturación, pero por otro la alimentan constantemente, aumentando así nuestros problemas sin cesar. Restringen el número de coches que pueden entrar en la isla (lo cual es positivo), pero al mismo tiempo siguen haciendo campañas de promoción turística para que vengan más veraneantes a la isla. De este modo, abocan a todos esos turistas nuevos a no poder moverse por no haber tantos coches como necesitarían ni tampoco autobuses suficientes. Recortar una cosa para aumentar la otra equivale a mantener el problema.
Es difícil albergar un mínimo de esperanza, en estas condiciones. Y, sin embargo, sería tan fácil como desincentivar el crecimiento de las industrias turísticas, cortar la promoción durante al menos unos años, prohibir cualquier ampliación de negocios del sector y reducir progresivamente el número de plazas. Soltar lastre turístico, en una palabra. Tener menos turismo para vivir mejor.
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