Opinión | Tribuna
Del meme a la cátedra
En España, el fenómeno del opinólogo es digno de estudio. Y no lo digo como quien lanza una crítica al aire, sino casi con asombro, con esa mezcla de risa y resignación que nos sale cuando vemos algo muy nuestro, muy de casa. Porque, la verdad, aquí cualquiera puede convertirse en experto de barra de bar en cuestión de segundos. Da igual el tema: energía nuclear, la selección de fútbol, política exterior rusa o el sistema de pensiones. Hasta de dogma católico los últimos días. Basta con que surja la conversación y, de repente, ahí está, alguien que apenas ha leído un titular, dispuesto a darte una lección magistral. Y lo peor es que lo hace con una seguridad que, a veces, hasta impresiona.
Vivimos sumergidos en la tertulia constante. Es como si la televisión, la radio y las redes sociales fueran una especie de patio de vecinos infinito, donde siempre hay alguien opinando, discutiendo, levantando la voz. Y es que, además, da igual si ayer defendían una cosa y hoy la contraria (ni que fueran el presidente del Gobierno); lo importante es tener algo que decir, aunque sea un disparate. A veces me pregunto si no será que nos da miedo el silencio, o que pensamos que, si no hablamos, dejamos de existir.
El problema, claro, no es sólo la cantidad de opinadores que pululan por ahí, sino la autoridad que se les concede. Hay momentos en los que sus palabras pesan más que las de los verdaderos expertos, esos que suelen hablar bajito y con datos en la mano, pero que rara vez hacen reír o polarizan a la audiencia. Y es que, seamos sinceros, en el espectáculo de la opinión, el rigor suele ser el primero en abandonar el plató.
Basta con echar un vistazo a la nómina de tertulianos y presentadores que llenan horas y horas de programación. Cada uno con su estilo, claro, pero todos con esa habilidad para saltar de la inflación al fútbol, y del fútbol a la última crisis internacional, como quien cambia de canal. Si no saben, lo disimulan con humor, vehemencia o una buena dosis de indignación impostada. Y, la verdad, a veces hasta resulta entretenido. Si no fuera porque también resulta lamentable.
Pero el opinólogo (o la opinóloga, no hagamos distingos) no es sólo un producto mediático. Es, ante todo, una criatura social. Te los encuentras en la cola del supermercado, en la comida familiar, en el grupo de WhatsApp de padres del cole. No necesitan datos, sólo un meme, un rumor, una frase escuchada de pasada. Y ahí están, sentando cátedra. Y no les lleves la contraria, que lo han buscado en la Wikipedia y están segurísimos de lo que dicen.
¿De dónde nos viene esta pasión por opinar de todo? Tal vez sea esa vieja costumbre de arreglar el país desde el café, o la desconfianza hacia los expertos (normal, tras la pandemia), o, simplemente, las ganas de sentirnos escuchados en un mundo cada vez más ruidoso. Sea como sea, los opinólogos ha venido para quedarse. Y aunque a veces nos hagan reír, convendría recordar que no todas las opiniones valen lo mismo, ni todo el que habla alto tiene razón. Porque, como decía mi abuela, “de lo que no se sabe, mejor callar”. Pero claro, si callamos todos, ¿quién llenará las tertulias? Ah, sí, Gonzalo Miró.
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