Opinión | Tribuna
Entre la trinchera y el espejo
Desde hace mucho tiempo tengo claro que nada es completamente blanco ni negro, y que siempre habrá una interpretación sesgada (consciente o inconsciente) que pretenda explicar lo que vemos y experimentamos desde un punto de vista particular.
Vivimos rodeados de relatos. Cada uno arma el suyo con base en sus creencias, experiencias y, a veces (pobres…), obediencias ideológicas que operan como filtros sobre la realidad.
Todos tenemos una manera de ver el mundo y eso es natural. Lo preocupante es cuando alguien pretende que su verdad sea la verdad de todos y no admite alternativas. Esa pretensión de verdad única no sólo empobrece el debate público, sino que lo envenena, porque ya no se trata de comprender, sino de imponer.
Tengo la sensación (es más bien un temor) de que aquel político que dijo que «nos conviene la crispación» debe estar frotándose las manos. La sociedad española no había estado tan polarizada desde la década de los 30 del siglo pasado, y sabemos muy bien a qué condujo aquel clima. Hoy esa radicalización se alimenta, además, de una enorme incultura democrática y de una creciente desconfianza en las instituciones. Y a menudo ese señalamiento viene desde quien tienen la responsabilidad de proteger esas instituciones. El relato es sencillo y perverso: los jueces son franquistas, los medios están comprados, los políticos contrarios son corruptos y, si me roban los míos, al menos son mis ladrones. Con esa mezcla inflamable ya está todo servido.
Soy, quizá, ingenua, pero creo que una forma sencilla de valorar si algo o no es correcto es preguntarse: ¿qué pensaría si lo hiciera alguien en mis antípodas ideológicas? Si lo acepto de «los míos», pero me escandaliza en «los otros», tengo un problema de coherencia, y sin coherencia, no hay ética pública posible, porque las cosas no son buenas o malas dependiendo del «quién», sino del «qué».
El problema de mostrar indignación ante ciertos hechos es que, como cada día ocurren tantos, es imposible reaccionar a todos. Y eso puede dar la impresión de que sólo nos molestan los que vienen de un «bando», como si viéramos únicamente una parte del problema. Lo cual, a menudo es así.
No puedes decir que defiendes a las mujeres si, cuando agreden a una que no te cae bien, justificas el ataque con etiquetas como facha, roja, lesbiana o buscona.
No puedes defender la libertad de expresión si luego exiges la cancelación de un autor porque su discurso no te representa.
No puedes escandalizarte por una estampa religiosa si luego aplaudes que un gobierno se disfrace de Papa en su perfil oficial.
No puedes denunciar enchufes si celebras que los familiares de alguien consigan un puesto de confianza. Y si me aplaudes cuando critico una barrabasada del equipo que no te gusta, pero cuando me meto con la última chorrada de «los tuyos» me saltas con que peor aún es que haya hambre en el mundo, o que tu abuela come peras, entonces es que eres tan bobo que ni siquiera das pena. Mucho menos la mereces.
Cuando el cinismo deja de ser una actitud y se convierte en sistema, no queda margen para el pensamiento crítico ni para la honestidad intelectual: solamente queda el ruido. Y cuando éste sustituye al diálogo, nos convertimos en meros figurantes de una obra mediocre escrita por otros.
Como decía una columnista, «los extremos siempre gritan más, pero eso no los hace tener razón. A veces, el verdadero valor está en bajar el tono y preguntarse si lo que decimos hoy, seremos capaces de sostenerlo cuando nos toque estar al otro lado».
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