Opinión | Tribuna
Ecuaciones y paciencia
Todo el mundo tiene una teoría sobre cómo debería ser la educación en las aulas. Da igual que sean padres, profesores, alumnos o quienes no tienen ninguna relación directa con el tema. Todos sabemos cómo enseñaríamos, lo que habría que poner, quitar, reformar…
Lo cierto es que es una lástima que en España la educación no se haya organizado a través de un pacto de Estado en el que primara la calidad y que tuviera una visión de futuro. A veinte o treinta años. Pero no.
El diagnóstico es conocido: ocho leyes educativas en 45 años, ninguna con consenso. La LOE de 2006 (única vigente, parcheada por la Lomloe) es como un cortijo con goteras: cada gobierno añade un alero, pero la estructura se resquebraja. Mientras, las cifras escuecen: 22% de abandono escolar (el doble que la UE), alumnos que retroceden en matemáticas y lectura, y un 22,6% de paro juvenil. ¿Alguien huele el humo?
La Lomloe, aprobada a golpe de escaño en 2020, hereda el mismo pecado original: nace sin pacto, como un traje a medida del partido de turno. El resultado son 17 currículos autonómicos (uno por cada reino de taifas) que convierten el mapa educativo en un puzle disfuncional. Un niño de Primaria en Extremadura estudia los ecosistemas con la dehesa como eje; en Cataluña, mediante los bosques mediterráneos. ¿Primar el Guadiana o el Ebro? Ambos enfoques son legítimos, pero ¿qué ocurre cuando ese alumno cambia de comunidad? Lo de las lenguas cooficiales (en general, sobreprotegidas) de cada región lo pone aún más difícil.
El sistema, que debería tejer redes, genera fronteras invisibles. A todo ello unimos unos profesores quemados y burocratizados, que corrigen exámenes de competencias que nadie sabe definir, y unas empresas que reclaman habilidades que el sistema no proporciona.
Creo firmemente en la necesidad de despolitizar las aulas, y de blindar contenidos troncales consensuados por expertos, no por diputados. Creo que no estamos avanzando a la velocidad que va el siglo XXI y a lo que los alumnos se encuentran luego en el mercado laboral. También entiendo que no todo saber debería ir enfocado a la consecución de un trabajo, aunque es más un deseo que una realidad. Creo en la necesidad de escuchar a los docentes y sus realidades cuando se cierran las puertas de las aulas.
Porque les aseguro que, cuando al final eres tú frente a un grupo de chavales, las leyes, las normas y los criterios de evaluación tendrían que ser herramientas que ayuden, no armas en contra. Es muy complicado, tal y como avanzan las nuevas tecnologías y la inmediatez que se nos exige, hacer que los alumnos se apasionen con lo que aprenden; es necesaria mucha vocación docente, mucha empatía… y muchas ganas de actualizarse, que no todos los profesores están por la labor.
Es una labor de orfebres, no siempre reconocida ni valorada. Y sí, como en todas las profesiones hay malos trabajadores y titulares llamativos de vez en cuando, pero mientras tanto, en algún instituto, un profesor explica ecuaciones con la misma paciencia que un relojero ensambla engranajes. A pesar de todo. Porque la educación, como el Guadiana, es persistencia.
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