Opinión | Editorial
El 8M en un momento preocupante de regresión
Los avances conseguidos por las mujeres peligran por el crecimiento de la ultraderecha en el mundo
El 8M, Día Internacional de la Mujer, llega en un punto de inflexión preocupante, pues asistimos a un crecimiento de la extrema derecha en todo el mundo y la expansión de la ideología que predica, especialmente entre hombres jóvenes, que cuestionan y atacan los avances conseguidos por las mujeres después de años de dura lucha. Conquistas que parecía que no tenían marcha atrás, como el derecho al aborto o las políticas y medidas orientadas a compensar la desigualdad de género -entre otras-, están en el punto de mira en países donde han triunfado políticos populistas ultras y antisistema, el último, Donald Trump en Estados Unidos. España no es ajena a esta ola involucionista que se está produciendo en Europa y en el continente americano, y que pone en riesgo no solo los derechos de las mujeres, sino también los de otros colectivos como los migrantes, las minorías étnicas, homosexuales u otros que se salen de la normatividad patriarcal tradicional.
La colonización de las redes sociales por parte de estos discursos machistas, xenófobos, homófobos y, en suma, contrarios a los valores fundamentales que deben sustentar el sistema democrático, es alarmante. Especialmente de las redes más utilizadas por los jóvenes, Instagram y TikTok, donde los bulos corren como la pólvora y crean un imaginario colectivo que es una bomba de relojería: ese sustrato de creencias basadas en mentiras, en eslóganes directos y sencillos que se repiten hasta la saciedad como si fueran verdades absolutas, crea y refuerza un poso de prejuicios, resentimientos y odio con una gran capacidad incendiaria. No es de extrañar que luego esto se refleje en los resultados electorales. Aunque los datos y estadísticas demuestren la falsedad de los bulos que circulan por las redes y que difunde la ultraderecha, estas mentiras acaban imponiéndose, por la incapacidad de las fuerzas políticas tradicionales de combatirlas con éxito.
El descrédito de los medios de comunicación tradicionales y los profesionales de la información es otro elemento letal de esta ecuación peligrosa para la estabilidad del Estado de Derecho tal y como lo concebimos tradicionalmente, como el sistema que garantiza las libertades, derechos e igualdad de los individuos. Por si fuera poco, la ultraderecha también utiliza de forma muy eficaz las posibilidades de Internet para extender sus soflamas, con el indisimulado respaldo de las grandes plataformas tecnológicas globales, y se sirve de pseudomedios digitales, con sus correspondientes agitadores disfrazados de periodistas, que compiten con los medios profesionales por imponer su versión adulterada de la realidad.
En un momento de cuestionamiento del sistema democrático, son las mujeres las que más tienen que perder. Es muy preocupante que muchos hombres, muchos jóvenes, consideren que «se ha ido demasiado lejos» con la igualdad de las mujeres, cuando todos los datos demuestran que eso es falso y aún queda mucho camino por recorrer. No hay más que analizar las cifras crecientes de denuncias por violencia de género, agresiones sexuales o la ausencia de las mujeres en los puestos de responsabilidad de las empresas, por poner algunos ejemplos.
Mientras que en general las mujeres han interiorizado que deben tener las mismas oportunidades y derechos que los hombres, porque es una cuestión de justicia consustancial a la naturaleza humana, una parte de los hombres se siente atacada y reacciona con actitudes machistas que no ocultan y exhiben hasta con provocadora prepotencia, porque ahora ya no son objeto de censura social, sino que se refuerzan en el ecosistema reaccionario de las redes sociales y con las diatribas de políticos como Trump. Así, el repunte de la violencia machista, en todas sus manifestaciones, es una consecuencia directa. La conclusión es que no sólo queda mucho para conseguir una igualdad real, sino que incluso los avances que hemos conseguido en los sistemas democráticos occidentales pueden estar en peligro. Por tanto, no podemos bajar la guardia: no hay que permitir el más mínimo retroceso. Es una lucha que debe implicar tanto a las mujeres como a los hombres en todos los ámbitos de la vida diaria, comenzando por la familia y la educación.
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