Opinión | Para empezar
Queridísimos verdugos
Cada uno tiene su película favorita de Navidad, que puede ser ‘Love actually’, ‘Gremlins’ o, en el caso de quien ahora les escribe, ‘Plácido’, de Luís García Berlanga. Pero una escena que me conmueve especialmente pertenece a ‘Queridísimos verdugos’ (1977) de Basilio Martín Patino. La cámara acompaña al verdugo Bernando Sánchez Bascuñana por la Gran Vía de Madrid en vísperas de la Navidad de 1971. Durante la película, hemos creído conocer algo del alma de este hombre, arrasado por dentro después de haber ejercido como verdugo durante casi tres décadas. A Bascuñana le repugna la vida, le repugna en lo que se ha convertido, odia a quienes hicieron de él un instrumento de muerte. Además, sufre un cáncer e intuye que estas serán sus últimas navidades.
La cámara acompaña al ejecutor entre luces navideñas, escaparates, familias que realizan sus compras, árboles adornados, atracciones infantiles y toda la parafernalía típica de estas fechas. El hombre, en algunos momentos, esboza una sonrisa, como si todo él se transformara. Llegamos al final del film y es como si Bascuñana hubiera completado su arco narrativo, como si hubiera logrado una redención, como si finalmente su alma se hubiera logrado abrir y surgiera una perla de humanidad en su interior. ¿Parece que hay esperanza? ¿Es la Navidad una época de renacimiento? ¿Podemos volver a ser humanos? Tras esta escena, se produce un corte brutal y en la pantalla vemos un recorte de prensa del 8 de enero de 1972 en el que, bajo el titular ‘Sentencia cumplida’, nos informan de la ejecución de Pere Martínez Expósito, un joven de Gandía con las condiciones mentales mermadas y que había asesinado a una mujer y a su hijo. El mensaje de la película es claro: el ser humano no tiene remedio.
En fin, qué películas más bonitas les recomiendo, ¿verdad? Bueno, pues en el fondo, les tengo que decir que yo sí tengo esperanzas. Pese a que quizás no debiera, pese a que siempre existirán los Netanhayus de turno, pese a que se ha abierto la caja de pandora y que las furias andas sueltas, y pese a este artículo de opinión tan deprimente, todavía creo que todos, incluso el verdugo Bascuñana, somos redimibles. Démonos una oportunidad. Y lo digo en serio, ¿eh?
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