Opinión | Editorial

Le Senne, inhabilitado al margen de consideraciones penales

Lejos de avanzar en la concordia, abre una fosa bajo la Mesa del Parlament, templo sagrado de una democracia cada vez más en peligro

Gabriel Le Senne no debe seguir ni un minuto más al frente del Parlament balear. La escalada de sus formas autoritarias y el uso partidista de la institución que representa la pluralidad de la voluntad popular le inhabilitan para el cargo, al margen de la consideración penal que pueda inferirse de su comportamiento violento, cuando rasgó y tiró al suelo la fotografía de mujeres indefensas, asesinadas por sus ideales a manos de los golpistas de Franco, tras arrancarla de forma agresiva del ordenador de la diputada socialista Mercedes Garrido, a la que expulsó de sala, junto a Pilar Costa, en un pleno de máxima carga política.

Ese día tenía lugar la toma en consideración de un texto de alto voltaje, la derogación de la Ley de Memoria Democrática aprobada en 2018 por amplio consenso, incluso con el apoyo del PP en buena parte del articulado. Suprimir los organismos que dan voz a las asociaciones para la recuperación de la memoria, acabar con las multas por apología del franquismo son algunas de las medidas impulsadas por Vox y validadas por el PP que acabarán ante el Tribunal Constitucional, que ya ha suspendido otra iniciativa revisionista similar de Aragón, amparándose en informes de la ONU en materia de derechos humanos. Al presidente culto, educado y de buenos modales, que se autodefine como «liberal, libertario y católico», que fue salvado por la izquierda de la intentona golpista orquestada contra él en sus propias filas y que ese día estaba obligado a desplegar todo su fair play por la sensibilidad de la materia, le salió el monstruo interior que anida en todo ultra. «Es como si simbólicamente la hubiera querido matar de nuevo», lamentaba sobrecogido el sobrino de Aurora Picornell, Hija Predilecta de Mallorca, un icono de la lucha sindical y feminista cuyo cuerpo se recuperó recientemente junto a su única arma, su pluma. Su imagen junto a las ‘Rojas del Molinar’, Catalina y Antònia Flaquer, rota y lanzada con virulencia al suelo, lejos de avanzar en la concordia, abre una fosa bajo la Mesa del Parlament, templo sagrado de una democracia cada vez más en peligro.

Le Senne reconoce que perdió los papeles, pero imputa la responsabilidad de su reacción violenta a la «provocación» de la foto exhibida por la diputada víctima de su agresión, como el violador ante la minifalda. Un esperpento que simboliza los tiempos oscuros que preceden al totalitarismo, cuando los agresores se presentan como víctimas. Al conformarse con la no disculpa, compartir el relato de que fallaron las formas «pero el fondo fue correcto» y salvarlo de la reclamada dimisión, los populares se convierten en cómplices. La presión política y social de miles de firmas y concentraciones de protesta, con familiares de represaliados, se traslada al Consolat.

Hay que reconocer que Le Senne no hace distingos en el abandono de la neutralidad que predica y requiere su cargo, golpea por igual a socios y adversarios. Lo mismo imputa una «traición en toda regla» al PP por respaldar que la bandera LGTBI cuelgue en el Parlament el Día del Orgullo que acusa a Pedro Sánchez de «tratar de tapar sus escándalos» al denunciarle por delito de odio, que le enfrentan a penas de inhabilitación, hasta cuatro años de prisión y sanciones económicas. Su figura sale reforzada en Vox, su continuidad al frente del Parlament degrada la democracia.