Opinión | Para empezar

El vodevil político de nunca acabar

Juro que no tengo nada que ver. Es cierto que cada vez que puedo me escapo a este paraíso gemelo a Ibiza, pero me limito a disfrutar del mar y de esa paz tan absoluta que regalan ciertos rincones de su litoral. La última vez que desembarqué en la Savina me encontré a Llorenç Córdoba, dispuesto a atravesar el mar proceloso que separa las dos islas. Estaba invitado por el obispo a visitar la catedral, que ha estado en obras. Cómo no, le pregunté por la situación de crisis que, en mi humilde opinión, ha provocado él. Yo en bermudas, con gorra deportiva, chanclas... Córdoba de traje con la que estaba cayendo (¿qué normativa obliga a los políticos a pasar calor de esta manera tan ridícula?) y portando un maletín (cuánta sospecha cabe en estas maletitas tan pequeñas). Me dio varias justificaciones y yo, con todo el respecto que merece alguien elegido en las urnas, le respondí que consideraba que su imagen estaba ya demasiado deteriorada por sus supuestas peticiones de cobrar un sobresueldo. Me negó la mayor; tampoco esperaba otra cosa.

Pero de este encuentro hace ya varias semanas, y teniendo en cuenta que la pista de circo en la que se ha convertido el Consell de Formentera ofrece un espectáculo diario, poco valor tiene ya esa conversación, que además no trascendió porque de ella no salió nada nuevo. El bochorno que están ofreciendo es de tal magnitud que cuesta ya valorar la importancia de cada noticia. ¿Qué se puede esperar de este sainete? ¿Quién ofrecerá la apuesta más alta en esta partida del esperpento? Queda mucho, demasiado todavía para que nadie ofrezca una solución a esta crisis.

Pero la vergüenza política no es cuestión de una única isla. En Mallorca, el ultraderechista Le Senne, a la sazón presidente del Parlament (qué absoluta locura), rompe en un arranque de violencia porque no le hacen caso la foto de tres represaliadas por el franquismo. Y sigue en el cargo. Y hay quien intenta justificarle. Y quien no sabe siquiera quién era ese tal Franco. La ultraderecha crece en Europa y en España. Y nuestra indignación, asombro y temor, también.

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