Opinión | Tribuna

Emma Riverola

El taponcito de las narices

Mitin de Vox. Alicante, 3 de junio de 2024. En primer plano, un puñado de jóvenes. Santiago Abascal se dispone a echar un trago de un botellín de plástico cuando la emprende con el tapón: «Esto que se te cae del agua, que lo quieres quitar… pues esto es la Unión Europea de los burócratas, esto, el taponcito de las narices que a uno se le ha ocurrido que no se puede soltar y a saber quién se lo ha inventado y quién se está enriqueciendo».

La diatriba de Abascal es celebrada con risas. Antes del 3 de julio de este año, todos los tapones de botellas o de briks de hasta tres litros deberán quedar unidos al resto del envase. La razón de la legislación europea es muy sencilla: minimizar el impacto ambiental de esa parte del envase. Basta con dar un paseo por la playa para tropezarse con los tapones de marras. Tapones que irán al mar y se sumarán a ese más de cinco billones de piezas de plástico que contaminan el océano. Una bolsa de plástico tarda más de 50 años en descomponerse. Una botella, más de 500. Se calcula que, en 2050, habrá más plásticos que peces en los océanos.

Adaptarse al nuevo diseño de las botellas lleva dos segundos. Pero algunos lo han convertido en el símbolo de una hartura que tiene muy poco de racional, pero mucho de emocional. La burla que colma el vaso del descontento.

Según la encuesta del CIS, tanto Vox como el partido de Alvise (SALF) obtuvieron sus mejores resultados entre los más jóvenes. Si observamos los votantes de 18 a 24 años, vemos que el PSOE fue su primera opción, seguido del PP. Vox y SALF, a continuación. A bastante distancia, Sumar y Podemos. ¿Qué le pasa a una generación de jóvenes que relega el voto más progresista al puesto de cola? ¿Qué les pasa a los partidos más de izquierdas que no consiguen atraerlos?

En los más jóvenes impactan una multitud de condicionantes. Desde la alarma por un planeta que agoniza hasta la incertidumbre tecnológica. Desde la ansiedad y la soledad que provoca la vida digital hasta la añoranza de lo que nunca han vivido: un futuro que rime con ilusión y con metas alcanzables. También la desubicación de la masculinidad tradicional ante el ímpetu feminista y la reivindicación LGTBIQ+ (con todas y cada una de sus siglas). Por supuesto, la herencia de las múltiples crisis, la del COVID vivida en primera línea, y la ausencia de líderes de la ambición colectiva e igualitaria. Como mucho, los gurús de la autorrealización.

Muchos de esos jóvenes no saben, no contestan ante la gran incógnita del futuro. Lo sienten fuera de su control. Es posible que, ante buena parte de los mensajes de Comuns-Sumar-Podemos, no se sientan interpelados. Porque tratan de asuntos ante los que se creen impotentes o porque se sienten sermoneados, corregidos en sus gustos y en su lenguaje. Un cansancio que son muchos les convierte en presa fácil de la ultraderecha. ¿Cómo resistirse a dar una patada y echarse unas risas? El futuro suena a chiste cuando solo se piensa en primera persona del singular. Aunque sea a costa de un tapón de plástico que acabará comiéndose tu hijo.

Suscríbete para seguir leyendo