Opinión | Para empezar

Aromas de Ibiza

A sal. A sol. Al olor dulzón de los pinos en verano y de los higos a punto de reventar. A naranja. A sandía. A pachuli. Al hachís que fuman a dos metros y que te coloca como si te lo fumaras tú. A una greixonera en el horno. A pimientos asados. A crema solar. Al plástico de los flamencos hinchables. Al cloro de la piscina de la villa por la mañana. A la posidonia secándose en las playas. Al sudor de una noche de verano. A chupito de hierbas. A incienso quemándose. Al pan cociéndose al pasar por la puerta de atrás del horno de Can Vadell.

Es, seguramente, lo que respondería la mayoría si les preguntaran a qué huele Ibiza. A los visitantes el nombre de la isla les llevaría a una memoria olfativa cuajada de momentos felices de vacaciones y diversión. A los locales, en cambio, seguramente nos conduciría a situaciones de infancia, paseos por el campo o momentos en casa cargados de aromas.

Todo muy bonito. Muy tierno. Bello. Nada que ver con la realidad. ¿A qué huele Ibiza? Ibiza huele al emoticono más marrón del whatsapp, por decirlo finamente. Hay calles de las que huimos, cuando paseamos, porque el orín rancio nos noquea la nariz. Contenedores de orgánico, colocados a pleno sol, que mejor evitar por el riesgo de mareo. Eso por no hablar de la fragancia de la vomitona mañanera en la acera o de zurullos humanos aliviados en el escondrijo entre dos coches. O la pinza en la nariz, imprescindible para pasar frente a la trastienda de algunos establecimientos.

Los vecinos de Ca na Putxa tienen un máster en aromas de Ibiza. Y en entomología involuntaria, ya de paso. Y por el mismo camino van los de sa Llavanera y los usuarios del puerto deportivo Marina Ibiza, que en lo que va de temporada ya ha sufrido un par de vertidos de aguas fecales procedentes de la obsoleta depuradora de Vila. Amarres cuajados de yates, tiendas de hiperlujo, exclusivos restaurantes y cafeterías y, eso sí, algún día sus aguas llenitas de mierda. Aromas de Ibiza.

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