Opinión | Tribuna

Rediseñar el calendario

Nuestro calendario está obsoleto. Hay que rediseñarlo y adaptarlo a los tiempos modernos. No digo alargarlo o acortarlo, simplemente rediseñar estaciones, meses, fiestas y festivos. El bisiesto cada cuatro años lo trastoca todo un poco. ¡Pobre febrero! ¿Qué culpa tiene? Siete meses de treinta días y cinco de treinta y uno. Salen las cuentas, menos por unas horas. Aunque ya no podríamos seguir usando la técnica de los nudillos con los niños. Buscaríamos otra.

Respecto al diseño natural, es decir, a las características astronómicas del planeta, nada podemos hacer, salvo quejarnos anecdóticamente. La rotación de Tierra es como es: se acerca y se aleja demasiado del Sol. A mí siempre me ha parecido exagerado el desequilibrio entre invierno y verano, entre otoño y primavera. Días excesivamente largos unos meses, y días excesivamente cortos en otros. Con las noches pasa igual. Y da lo mismo dónde y cómo coloques las manecillas del reloj: la luz solar dura lo que dura.

Bromas aparte, el nuevo diseño debe ser sobre el papel, porque lo otro no está en nuestras manos, aunque todo será que nos dé por saltar al unísono a toda la población mundial y modificar el eje rotatorio de la Tierra y su órbita. Pitorreo o no, también parecía que el tiempo atmosférico no dependía de nosotros, y de ahí lo de que nunca llueve a gusto de todos. Pues empeñados estamos en cambiarlo y parece que lo vamos a conseguir: el caos climático ya es una realidad. Acabará por no llover a gusto de nadie. Deberíamos empezar por modificar las estaciones. Propongo quitar alguna y alargar otras. Se acabó el entretiempo. Y que comiencen el uno del mes que corresponda. Nada del veinte o el veintiuno. Eso es un lío.

En cuando a las festividades, hay que repartirlas mejor. Un periodo vacacional cada tres meses. Las Navidades están bien. Acaba un año, comienza otro. Aquí no hay nada que mejorar, salvo que el veinticinco de diciembre y el uno de enero deben ser siempre viernes, para hacer puentes. Y el Día de Reyes, el ocho de enero, también viernes. Y todos felices y contentos con tres fines de semana largos seguidos.

En cambio, lo de la Semana Santa no puede ser. Unas veces pronto; otras, tarde; y otras, cuando debería caer: la primera semana de abril. No puede ser que desde el 325 d.C. estemos con esta cantinela que estableció Constantino el Grande en el Concilio de Nicea y que atiende a la conmemoración de la Pascua judía. No veo razón de peso lo del primer domingo después de la primera luna llena del equinoccio de primavera, y más ahora, que nadie mira al cielo ni tiene en cuenta las lunas. Si ponemos la Semana Santa en la primera semana de abril, el Carnaval sería siempre a mediados de febrero: cuarenta días antes. Una buena fecha.

En verano, el mes vacacional por excelencia que sea julio. Cae más en medio del año, sus noches son más cortas y calorosas, grandes competiciones deportivas, grandes festejos, el camino de Santiago… Por lo tanto, asueto absoluto en este mes. En otoño, a primeros de octubre, otra semanita de vacaciones. Y dentro de ella, el primer domingo, el Día de la Hispanidad. ¡Qué más da si Rodrigo de Triana avistó tierra el doce o el cuatro! Total, ninguno de nosotros estaba en el cascarón de madera aquel día. Si esto del primer domingo ya se hace con el Día de la Madre, ¿por qué no hacerlo con el Día del Padre? A partir de ahora, el primer domingo de marzo.

El Día de Todos los Santos o Halloween (como es ya más conocido), el primer viernes de noviembre. Otro fin de semana largo para facilitar los desplazamientos o alargar la fiesta del terror. Y quitar el acueducto de la Constitución y la Inmaculada. No tiene sentido tan cerca de la Navidad, y menos ahora que no hay nieve en las estaciones de esquí ni nadie hace la matanza. ¡Ah!, los días festivos siempre en viernes o lunes. Y amén de sonreír con mi propuesta, estúdienla a fondo. Intenten imaginar un calendario así, o mejor aún, plásmenlo en un papel. No tiene nada de descabellado. Probablemente, la patronal y la hostelería estarán de acuerdo.

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