Opinión | Tribuna

Elogio de la empanadilla

Muchas elecciones europeas o catalanas, mucho Pedro Sánchez y demasiada Taylor Swift, pero no hablamos de lo importante: la desaparición de la masa de empanadillas La cocinera. Ya no se llaman así, aunque el dibujo sigue siendo el mismo, una cocinera sosteniendo una bandeja en un fondo azul. Ahora pertenecen a otra marca, pero su desaparición de los supermercados supone un drama difícil de comprender a no ser que seas un amante de las empanadillas o una inútil de la cocina, como es mi caso.

En estos tiempos de Masterchef, donde cualquier cocinero es elevado a la categoría de dios sin discusión posible, y se pagan cantidades astronómicas por un menú degustación en los restaurantes de moda, reivindicar a la pobre oblea parece una broma, pero hay que saber de lo que hablamos. Hablamos de la cocina de las madres de antes, de la política de no tirar nada y convertir todo en un relleno posible, ya sea en forma de masa de croquetas o humilde contenido de una empanadilla.

No digamos nada de Martes y 13 que convirtieron en objeto de culto el acto cotidiano de calentar aceite para la cena, ese momento cumbre de patio de vecinos con fondo musical de batido de huevos y olor a frito. Durante mucho tiempo fueron la salvación de las familias y de los pisos de estudiantes. En mi casa, donde la cocina era el centro de reunión y cada uno tenía una tarea asignada, yo me convertí en experta en rellenar la masa y cerrar sus bordes con un tenedor, trabajo de precisión donde los haya. También me encargaba del café de puchero y de la mayonesa, actividades que no concederían una estrella Michelín, pero que me permitían participar sin sentirme inútil. Con los años y un recetario escrito por mi madre con una letra cargada de compasión y ternura, aprendí otros rudimentos, pero la especialidad que se aprende en la niñez te acompaña para siempre. Ahora me siento un poco huérfana. En un mundo cargado de problemas, la desaparición de las obleas no parece gran cosa, pero no deja de ser un símbolo, como las cabinas de teléfono, el dinero en efectivo y el tiempo libre.

Cenaremos tofu, quinoa o algas de sabor peregrino. Haremos experimentos, utilizaremos la freidora sin aceite, esa paradoja. No sabremos qué hacer con las sobras. Quedarán las croquetas, sí, pero la cultura de no tirar nada no será lo mismo. Tampoco lo seremos nosotros, hijos de una época de aprovechamiento, padres de una cultura del despilfarro en la que ya no tiene cabida la aparente simpleza de una sencilla oblea.

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