Opinión | Tribuna

Los chicos de entonces

El pasado vuelve, y unos ojos que al principio no reconoces te explican de nuevo qué sentido tiene educar,

para qué sirve tu trabajo

De la mayoría he olvidado los nombres, aunque no los gestos característicos, ni esa mirada retadora o tímida cada vez que nuestros ojos coincidían. Ellos sí tienen claro quién soy, por muchos años que hayan pasado. A lo mejor porque yo era una, y ellos fueron siempre más de cien, año tras año, desde hace más de treinta. No falla. Se acercan recelosos, sin querer molestar, agarrados de la mano de una pareja que también te suena o de un niño que tiene todo el aire de los padres, cuando eran jóvenes. Siguen siéndolo, pero para ti están congelados en sus dieciocho, aquel año en que se graduaron. Recuerdas las flores, los trajes, sus nervios, el discurso, las bromasy las confesiones. Aquella noche, como siempre, les deseaste suerte, les hablaste de un mundo entero a su alcance, de que tenían toda la luz en sus ojos y todas las posibilidades abiertas, y les recomendaste que no se arreglaran mucho para la graduación, porque a su edad todos eran bellísimos. Ahora, ves de reojo cómo se acerca, con una sonrisa insegura, y un gesto de desaliño impostado.

¿A que no te acuerdas de mí? pregunta, y no sabe que ya te ha dado la clave para que reconozcas que ha sido alumno, y que solo te falta el nombre y ordenar el recuerdo. Pero dices que sí, cómo vas a hacer lo contrario. Y te levantas, abrazas, preguntas… hasta que encuentras un hilo que te conduzca a un lunes de noviembre, un examen de mayo, la excursión en que repartiste crema solar o a la noche sin dormir en un hotel de Praga. Dejas que te cuenten sus problemas amorosos, que recuerden contigo, que te hablen del trabajo que desempeñan o que siguen buscando. Tú eres una para ellos, pero ellos eran cientos, por eso cuando se produce el milagro de que seas capaz de recordar, ves en sus ojos su mirada de entonces, y sientes en la tuya, el lento reconocimiento, la felicidad de haber contribuido a que aquellos niños se hayan convertido en estas personas. Por eso, sonríes y olvidas, en ese instante, la pereza infinita de las leyes educativas, ese bucle diabólico de burocracia, la espiral de papeleo y postureo que a veces te hace pensar que ya no te gusta lo que haces, justo hasta que el pasado vuelve, y unos ojos que al principio no reconoces te explican de nuevo qué sentido tiene educar, para qué sirve tu trabajo, y sobre todo cómo sobrevivir a esos lugares domesticados a los que les haría falta un poco de la luz que sobra a estos alumnos que alguna vez cambiarán el mundo.n

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