Opinión

Lo que llamamos empatía

Decía el cantante de ‘Tomorrow never knows’ que «la vida es eso que pasa mientras tú haces otros planes». (Había también un tuitero que decía que «la vida es eso que pasa mientras la chica que te gusta está con cualquier imbécil», pero ese es otro tema). Lo cierto es que si a cualquiera nos hubieran preguntado hace 20 años cómo iba a ser hoy nuestra existencia, muy pocos habríamos acertado. Siempre confiamos en que todo va a ir más o menos bien, en que tendremos para comer, un techo, relaciones personales y familiares… Es humano, lo contrario resultaría insoportable.

Organizas o prevés, más o menos, una trayectoria y de repente, un accidente lo descoloca todo. No me refiero únicamente a un accidente de tráfico, que también, sino a una enfermedad que cambie completamente tu manera de enfrentarte al día a día. Es cierto que la vida está diseñada para la ‘normalidad’, la monotonía y la estadística general. Así que cuando alguien se sale de la línea (no por voluntad propia) tiene que readaptarse y casi fabricarse un mundo marcado por sus necesidades.

Reconozcan que ésta es una realidad que, como en la gran mayoría de los casos, sólo nos llama la atención cuando nos afecta. ¿Se han parado a pensar, por ejemplo, si alguien en una silla de ruedas puede entrar en tal o cual sitio? Creo que en cierto sentido preferimos no ver esa situación si no nos toca directa o indirectamente, como si pudiéramos conjurar el infortunio al no mirarlo de frente como a la Medusa. Pero es que esas personas no son de otro planeta, podemos ser nosotros mismos en cualquier momento quienes despertemos una mañana intentando continuar con el día a día y luchando por asumir no sólo el percance sufrido, sino el enorme cambio que ha vuelto nuestras vidas del revés.

¿Por qué les hablo hoy de esto? Pues porque alguien me ha hecho ver que la sociedad está cada vez más volcada en facilitar la experiencia de movilidad y accesibilidad a quienes conviven con animales, sobre todo con perros, mientras que parece olvidarse de las personas con necesidades especiales sobrevenidas, que siguen siendo humanas a pesar de perder parte de sus facultades.

Todas las vidas son importantes, eso ya lo sabemos, y sería razón suficiente para tratarlas con la dignidad debida poniendo todo nuestro esfuerzo en ello antes que en banalidades absurdas; pero si ese argumento no les sirve, acojamos otro más pragmático y egoísta que les apuntaba párrafos atrás: y es que mañana (mañana mismo, así, gratis) cualquiera de nosotros, incluido ese político o burócrata que determina las prioridades a la hora de trasladar o facilitar el acceso a personas impedidas, podemos vernos sufriendo esa situación, algo que ahora mismo ni nos pasa por la cabeza. Y no: no por que prefiramos no pensarlo nos libraremos de ello si es el caso.

Mientras tanto, disfruten de sus piernas y su salud, se lo deseo de corazón, pero no se olviden de aquellos a los que no les es posible hacerlo. Les aseguro que verse acompañados y comprendidos (eso que ahora se llama “empatía”) les sirve de mucho. Y si por sólo un momento (sólo uno, y de pensamiento, ojalá no más) se ponen ustedes en su lugar, lo entenderán perfectamente.

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