El insulto bumerán

Amparo Zacarés

Amparo Zacarés

El efecto bumerán en el lenguaje se produce cuando se lanza un mensaje con la esperanza de provocar una determinada reacción y se produce el efecto contrario al esperado. Dado este riesgo, no resulta prudente emplear insultos con la supuesta intención de revertir estereotipos sexistas. Puede que no solo no se consiga sino que lo refuerce y acabe provocando la respuesta contraria. Está claro que con este preámbulo me estoy refiriendo a la canción titulada ‘Zorra’, del dúo Nebulossa, que nos representará este año en el festival de Eurovisión.

He leído muchas opiniones al respecto y, más que tratar una cuestión de gusto musical, quisiera añadir una reflexión sobre el uso del lenguaje y de quienes tienen el poder para atribuir un significado u otro a las palabras. Así que, a fin de explicarme lo mejor posible, he recurrido al famoso libro de Lewis Carroll, cuando Alicia se encuentra con Humpty Dumpty, aquel personaje con forma de huevo, al que le interesan los neologismos y las palabras compuestas.

En el momento en el que discuten por el significado de una palabra determinada, en el que ni una ni otro están de acuerdo, se puede leer lo siguiente:

«Cuando yo empleo una palabra – dijo Humpty Dumpty– esa palabra significa exactamente lo que yo quiero que signifique. Ni más ni menos.

La cuestión es saber – dijo Alicia – si se puede hacer que las palabras signifiquen cosas diferentes.

La cuestión es saber– dijo Humpty Dumpty – quién dará la norma … y punto».

En efecto, Alicia lleva razón porque el lenguaje solo resulta útil si es compartido y utilizado por las demás personas. De no ser así, perdería su capacidad de comunicación y de inteligibilidad. Esa interdependencia social entre los usuarios también es compatible con la existencia de palabras equívocas por ser polisémicas y tener diversos usos y significados. Sin embargo, en el caso que nos ocupa, la cuestión es saber hacia dónde se inclinará la balanza, qué significado predominará y cómo se difundirá. Es aquí donde cabe preguntarse quién tiene realmente el poder de resignificar un insulto que los maltratadores utilizan de forma habitual para vejar a sus víctimas.

En este momento en el que la reacción patriarcal se ha rearmado y el negacionismo de la violencia de género ha llegado a las instituciones, resulta hiriente que se haga pasar por empoderamiento lo que no deja de ser una ofensa zafia a las mujeres.

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