La maestra quemada

Ahora mismo nos limitamos a sobrevivir». La frase lapidaria no se corresponde con la persona que hace más de 30 años se dejaba las pestañas estudiando Magisterio. Tampoco con la que, ya maestra de pleno derecho, daba tumbos por destinos y suplencias, fortaleciéndose para que la siguiente oposición le permitiera conquistar una plaza fija. Lo acabó consiguiendo, sí, pero hoy solo quedan restos de aquella vocación que, contra viento y marea, se resiste a desaparecer de su ADN.

El otro día me quedé sin palabras cuando me contaba su día a día en el colegio de un barrio que, para entendernos, no se parece mucho a Pedralbes. Y ya se sabe que en Catalunya -y en España, en general- hay pocos Pedralbes y muchos de los otros. Ahí descubrió hace tiempo que la historia no es como se la había imaginado. O como se la habían contado. Porque no solo tiene que bregar en su aula con una ratio desmesurada de chavales, sino que eso incluye, por ejemplo, a varios niños con problemas tan concretos como cagarse encima cada hora. Esfínteres sin control. «¿Y qué haces entonces?», le pregunté. «Pues lo único que puedo -respondió-, llevármelo para cambiarle y pedirles al resto que se estén quietos».

Los profesores de refuerzo, esa figura legendaria invocada en los discursos políticos, brillan por su ausencia. Porque cada vez hay menos recursos para tanta exigencia a los enseñantes: alumnado multicultural, clases superpobladas, modelos inclusivos sin las herramientas necesarias, el enorme reto digital y tecnológico, o los padres y madres que interpretan el empoderamiento de la peor manera posible hasta jibarizar la autoridad del profe.

Ahora que asistimos a un rasgado de vestiduras general para justificar los pésimos resultados del informe PISA, difundir historias como esta que me contaron y, sobre todo, aprovechar la experiencia de sus protagonistas, tal vez sirviera para adecentar nuestras notas; porque está claro que necesitamos mejorar. Un sabio dijo que la educación no es llenar un cubo sino encender un fuego. Pero me temo que alguien lo ha entendido mal y se le han descontrolado las llamas.

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