Hechos y no palabras

Cuando me dirijo a escribir estas letras se celebra la fiesta de San Carlos Borromeo, fiesta principal de una de nuestras parroquias. San Carlos fue definido como un «hombre de frutos, no de flores; de hechos y no de palabras». Su vida así lo demuestra, pues murió fruto del desvelo que vivió cuidando de todos aquellos que sufrían las consecuencias de la peste que asoló su Diócesis de Milán, donde era cardenal, en el año 1576. Acudía personalmente a todos los rincones de la ciudad, visitaba todos los barrios alentando el ánimo de los que desfallecían, administraba él mismo los últimos sacramentos a los sacerdotes que sucumbían en aquella obra de caridad. No despreció el peligro de contagio y fruto de sus desvelos falleció en 1584.

En este momento histórico que nos ha tocado vivir necesitamos de hombres y mujeres de hechos y no de palabras. Se reúnen grandes comisarios mundiales en instituciones que han sido creadas para poder solucionar problemas que afectan a la sociedad, hablan y hablan, pero los conflictos bélicos, hasta llegar a convertirse en genocidio, continúan, sin ser capaces de vislumbrar solución.

No creo que sea cobardía, creo que es más sometimiento a los poderes de este mundo, un mundo movido por la economía, donde no importa la muerte de tantos seres humanos inocentes, incluidos numerosos niños. Lo que importa son las relaciones internacionales, no romper lazos de «amistad» comercial de unos con otros, de esperar sin esperanza de resoluciones a los conflictos. Cuando el que manda ya ha conseguido su finalidad, entonces el conflicto queda en el olvido como si nada hubiera sucedido. Cuando los medios de comunicación no nos trasladan los conflictos, ya no existen. ¿Cuántos conflictos bélicos vive nuestro planeta? Seguramente no somos capaces de nombrarlos todos. Pero los que tienen que velar por el bienestar de todos, tienen su mirada en otra parte, hablan mucho y se hace poco, o por lo menos, no percibimos sus resultados.

Tener valor de llevar a cabo lo que uno piensa no es fácil. Supone mucha entrega, supone tener unos principios muy claros y unos valores por encima de todo aquello que el dinero destruye. Algo tan bueno como podría ser una economía que fuera capaz de dar respuesta a las necesidades de todos, se ha convertido en un arma de destrucción masiva.

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