Tribuna

La magdalena digital

Somos materia y tiempo. Nos damos tiempo un tiempo para pensar, dejamos pasar el tiempo y el tiempo lo cura todo. Esperamos un tiempo prudencial para insistir con algo o volver a llamar a alguien. Fantaseamos con recuperar el tiempo perdido. Deseamos que el tiempo no pase o que pase lo más rápido posible. El tiempo vuela y deja huella. En general, no tenemos tiempo para nada. A veces, pedimos tiempo muerto.

El tiempo se ha convertido en el nuevo patrón oro, el bien más preciado, la unidad de medida del bienestar. Es un recurso extremadamente valioso y valorado, incluso más que la riqueza material o el dinero. En un mundo acelerado, en todos los sentidos, parece que el uso eficiente y productivo del tiempo resulta esencial. Nos dicen que las generaciones más jóvenes están dispuestas a sacrificar otras cosas a cambio de tiempo. El tiempo como recurso ha entrado incluso en los discursos políticos y en las lógicas del mercado laboral. Queremos tiempo para conciliar y cuidarnos, para nuestras aficiones y desarrollo personal. Sobre todo, no queremos perder el tiempo. Cada vez más, nos parece intolerable perder tiempo en una cola o en desplazamientos, como si la dimensión espacial de la realidad fuese un inconveniente. Esto explica el auge del teletrabajo y la resistencia a volver a las oficinas, el desarrollo del comercio electrónico, el éxito de la formación no presencial, los trámites administrativo online y todo lo que se viene de realidad virtual. Ciertamente, no es así para todo el mundo. Pero es una tendencia clara.

La tecnología y la digitalización son a la vez catalizadoras y espejo del valor real del tiempo en las sociedades desarrolladas. Influyen en la forma en que percibimos, ansiamos, valoramos y, sobre todo, usamos el tiempo. Y en cómo lo perdemos. Si bien la tecnología –la conectividad instantánea, las herramientas digitales, la automatización, la inteligencia artificial, la realidad aumentada– prometen un ahorro sin precedentes de tiempo, también parecen capaces de absorberlo como un sumidero sin final. Atrapados en el vórtice digital, tal vez seamos cada vez menos dueños del tiempo que tanto reclamamos. Basta pensar en el uso compulsivo y adictivo de las redes sociales. Nuestro timeline nos atrapa muchas veces en una cola virtual en la que esperamos sin avanzar y sin recordar por qué esperamos, qué esperamos. A veces para descubrirnos en una búsqueda ansiosa sin utilidad ni fin. Como meterse sin necesidad en un gran atasco en la ciudad en hora punta.

Busqué en la red “perder el tiempo en internet” esperando encontrar datos alarmantes y alertas sobre adicción a las redes, su impacto en los jóvenes, la desinformación y las noticias falsas. Sin embargo, las primeras respuestas eran invitaciones explícitas a perder el tiempo alegremente: 20 páginas de internet para perder el tiempo, las mejores webs para perder el tiempo absurdamente, 20 maneras divertidas de perder el tiempo en internet. La tecnología ha creado la ilusión de que podemos ganar la carrera al tiempo. Pero la clave es qué hacemos con ese tiempo que supuestamente ahorramos. Y el riesgo es llenarlo con nuevas distracciones y entretenimientos digitales sin propósito real. La adicción a las pantallas y la hiperconectividad pueden robarnos el tiempo que supuestamente hemos ganado al optimizar tareas y procesos. Y lo que es peor, convertirnos en incapaces sensoriales.

La magdalena de Proust tal vez sólo pueda provocar en un futuro el impulso de subir una foto o una receta en Instagram.

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