Desde la Mola

Lecciones de incivismo

Les confieso que a pesar de este artículo (que puede parecer alarmante) la situación no tiene grave peligro para la colectividad. Hablamos de incivismo, que crece con el incremento de turistas (las vacaciones son siempre un acicate para el ‘libertinaje’ mal entendido). Hasta este 19 de julio del post san Fermín he contabilizado algunas conductas que rayan ese calificativo. Unas con evidente peligro para el estado físico de sus protagonistas y otras con la consiguiente molestia para los de ‘ley y orden’ (poco propensos a las bromas de mal gusto). Sin ir más lejos, el otro día, de cuya fecha no me quiero ni acordar, en la caravana que se forma en las curvas de la bajada de la Mola, el ‘listo’ de turno (esta vez un motorista con niño de paquete) decidió que eso de ir paso a paso detrás de los vehículos que formábamos la ‘serpiente multicolor’, lo digo por lo variopinto colorido de los coches, motos y motoristas con indumentaria playera, alguna sombrilla sobresaliendo, etc; era poco menos de una ridiculez a los ojos vista del niño en cuestión y empezó una carrera a lo Ángel Nieto en sus mejores tiempos para llegar primero al Acapulco (por cierto, estaba cerrado a esas horas).

Me imagino que jaleado por el infante que veía a su ‘progenitor’, suponemos, llegar hasta la cabeza del pelotón. Algún claxon preventivo de los que venían de frente e intuían el evidente peligro del episodio. No puede haber un guardia civil vigilando a cada energúmeno (pero a veces se les echa de menos). Alguien lo podía haber grabado y pasárselo a su ‘expareja’ (intuyo que una actitud de ese tipo obedece a una soltería postrera con niño, o segunda juventud de los cincuenta cumplidos). Lo que llevaría a la pérdida de la custodia del ‘chiquitín’ que vería cómo su ‘héroe’ se convierte en ‘villano’ aunque ese día se quedara en un ‘supermán’ de escopeta de feria. Los otros, ya salidos de la adolescencia, o no, y entrados en la juventud de moto arriba y abajo, se pasean a ‘silenciador roto’ cerca del núcleo urbano o por él, con los decibelios a flor de piel (mira que molesta su estupidez) y campan a sus anchas sin que nadie (la autoridad competente me refiero) les sancione adecuadamente por ‘chulos de piscina’ que asustan a niños, mayores, animales de compañía y los gatos callejeros que cantaba Sabina. Que se lo pregunten a Bigotes, que pega un respingo gatuno a cada escape sin silenciador que pasa frente a la Caracola.

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