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Opinión

Congreso de columnistas

Me despierto tarde, preparo café y me siento a escribir esta primera línea. Enseguida me doy cuenta de que debo retroceder con el cursor porque en lugar de ‘despierto’ he tecleado ‘desierto’, y ese es el problema: qué contarle al improbable lector, sin aburrirlo, en este domingo de astenia primaveral. Anoche me acosté pensando en que dedicaría la columna de hoy al nuevo libro de Valentí Puig, columnista enciclopédico de esta santa casa, sacándole punta al último párrafo leído antes de apagar la lamparita: «Las tantas pequeñas cosas que tienes al alcance cuando te levantas de la cama cada día y son como un enjambre de mariposas que revolotean buscando una buena rama en la que parar y posarse». Parar y posarse. Pero ‘Casa dividida. Dietario de 2022’ (Destino / Proa) merece una cabeza más despejada que la mía ‘aujourd’hui’. Hay días en que el pensamiento discurre como un riachuelo de montaña, rápido, saltarín, flexible; y otros en que se clava. Una charca de mosquitos.

El problema no es la falta de temas —sobran más bien—, sino la voz, la huida del griterío político y estar a la altura del espacio asignado, el «gueto privilegiado», en palabras del profesor Martínez Albertos. En ocasiones, la libertad absoluta, escribir de lo que te dé la gana, resulta un dardo paralizante.

Desde hace un par de meses, desde que leí un escrito de Julià Guillamon en La Vanguardia, vengo dándole vueltas a una idea marciana: organizar un congreso ecuménico de columnistas en España. El texto de Guillamon se titulaba ‘Cómo escribo algunos artículos’ y arrancaba así: «Uno de los elementos fundamentales es el trac: la sensación de angustia antes de actuar. Cuando me toca escribir un artículo tengo trac». Sería reconfortante y enriquecedor compartir los tracs, los trucos y los mecanismos de descarte en ese hipotético simposio, bien regado de whisky. O mejor, de agua con gas, pues los mejores ponentes sumarían ya muchos años de redacciones y barras.

Una de las mesas redondas se ocuparía de divagar acerca de la función del columnista, cuestión que, según descubro en un texto académico, preocupó a Javier Marías: ¿entretener? (qué difícil); ¿aleccionar? (qué horror); ¿criticar? (ay); ¿ayudar a entender mejor nuestro tiempo? (demasiado pretencioso). A veces es mejor callar y buscar una buena rama donde posarse, como las mariposas.

No me hagan demasiado caso. Decía Manuel Alcántara, poeta y periodista, que todo lo que se escribe en las volanderas páginas de un periódico tiene una irrefrenable vocación de olvido.

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