A pie de isla

Lagartijas a bordo

«Una noticia sorprendente: el descubrimiento en el litoral de Oliva de varios ejemplares de la lagartija endémica de las Pitiusas»

Andrés Ferrer Taberner

Andrés Ferrer Taberner

Hace días un periódico valenciano se hizo eco de una noticia sorprendente: el descubrimiento en el litoral de Oliva de varios ejemplares de Podarcis pityusensis, la lagartija endémica de las Pitiusas. Sumándose a los que ya aparecieron en las costas de Denia pocos años atrás, queda demostrada la presencia de esta especie fuera de su marco geográfico. ¿Son casos aislados o significa que este pequeño vertebrado empieza a colonizar de alguna manera, aunque sea por casualidad, la ribera peninsular mediterránea?

Presumiblemente, dichas lagartijas tocan tierra continental desde las numerosas embarcaciones que zarpan de las Pitiusas de regreso a los puertos valencianos, sin más equipaje que el vistoso e inconfundible colorido de sus escamas que tanto las distingue de sus hermanas peninsulares. El flujo marítimo entre ambas costas −un puente casi de esloras− es extraordinariamente intenso en verano, circunstancia que aprovechan estos pequeños reptiles para colarse a bordo y desembarcar luego a la primera oportunidad. Raudas, diminutas y escabulléndose siempre entre sombras, nadie es testigo directo nunca de sus aventuras náuticas. Quien les haga un día una foto pillándolas in fraganti, se llevará un premio.

No somos desde luego la única especie a la que le mueve la curiosidad. La vida, como el universo mismo, tiende a expandirse, a explorar nuevos caminos donde asegurarse la propia supervivencia, el primer mandamiento de cualquier cerebro, por primitivo que parezca. «Primero yo, luego yo y siempre yo», que diría el protagonista de la célebre novela francesa ‘Rojo y negro’, está en boca de todo ser vivo. El camino del agua es ocupar siempre las zonas más bajas; el de la vida los espacios vacíos carentes de ella, estén donde estén. Incluso si no se hallan en ninguna parte, como es el caso del ‘más allá’ fabulado por los humanos; ahí también queremos estar tras nuestra muerte. El instinto de permanecer de una manera u otra obra milagros.

Obviamente, las lagartijas pitiusas no se preguntan qué hay al otro lado del mar; ni ebrias de sol (ni yo mismo siendo tan feliz aquí a expensas de los azules de la isla). Pero como por naturaleza son inquietas y no paran, si se les brinda la oportunidad de meterse de rondón en una embarcación, encontrarán hueco siempre, sea ahí como en cualquier otro rincón que les apetezca (cierto día me encontré a una en el asiento del copiloto en el coche volviendo a casa desde el puerto de Sant Miquel).

Con el trasiego actual de barcos arriba y abajo, ocasiones no les van a faltar. Lo que no podrán sospechar ellas nunca es que al desembarcar se hallarán, para su sorpresa, frente a nuevos territorios en la otra orilla del mar, todo ello muy a lo Cristóbal Colón. Lo suyo no es nuevo, aunque sí más veloz, nada menos que viajando de polizones en cómodos ferris. No es nuevo, digo, porque en la Polinesia, por ejemplo, hubo multitud de especies que fueron poblando las diferentes islas agarrados como podían a troncos y ramas a la deriva de las corrientes, especialmente en temporada de huracanes. Así es como logró esparcirse la fauna por aquellas latitudes, aparte, claro está, de la introducida por el ser humano para su propio provecho.

En el Mediterráneo también hubo especies que se expandieron de esa manera, aunque en la actualidad la imagen sea bastante menos evocadora. En vez de alcanzar las costas en ramas o troncos a la deriva, ahora es en esos pequeños islotes de plásticos que, con horror, vemos flotar a merced de las mareas.

Estoy convencido de que no todo han sido ferris ni embarcaciones de ensueño; ni siquiera balsas de robinsones, ni chalupillas de simpáticos pescadores de sepias. Más de una de esas queridas lagartijas pitiusas nuestras arribadas a las costas valencianas lo habrá hecho desde la despejada cubierta de plástico de una maraña de bolsas, pongamos que del súper, convenientemente abarloadas por el azar de las olas.

Andrés Ferrer Taberner | Escritor

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