Tribuna

Educando en igualdad

Angie Roselló

Angie Roselló

El hecho de ser profesora de un instituto de Secundaria me obliga a mantenerme actualizada sobre las tendencias entre los jóvenes y a ser testigo de los avances que vamos consiguiendo como sociedad (y de algunos retrocesos también). Hoy es 8 de marzo, y voy a centrarme en esa palabra que a tantas personas, ya sea por ignorancia o por haber escuchado a la derecha denostar el término, les chirría tanto: el feminismo. El año pasado, la comisión de coeducación del instituto de la que formo parte, decidimos poner en letras gigantes: feminismo=igualdad. Porque aunque se haya repetido hasta la saciedad, vemos que tanto adolescentes como adultos confunden feminismo con hembrismo y por ello rechazan el término «feminismo» y les cuesta considerarse feministas/aliados del feminismo.

Cuando yo iba al instituto (soy de la generación millenial), recuerdo ser «la pesada del feminismo» pues llevaba las «gafas violetas» a todas horas y sentía la necesidad de contarle a todos que vivíamos en una sociedad profundamente machista, ahora sé que eso tiene un nombre: «patriarcado». Pero por suerte, los tiempos cambian. En mi época era impensable que en clase hubiese personas (en plural) que pertenecieran al colectivo LGTBIQ+ y lo dijesen sin ningún pudor. Ahora, algunos se empeñan en decir que es una «nueva moda», con lo cual discrepo bastante, igual que ser una persona transgénero y/o transexual no responde a ningún capricho, pues no olvidemos que pese a los avances, las personas que no son cis heteronormativas, tienen muchas más papeletas para sufrir bullying. Explico los términos: las personas cisgénero son personas cuya identidad de género es concordante con su género biológico; y la heteronormatividad es un concepto que sostiene a la heterosexualidad como el modo preferido para la orientación sexual.

Si bien en mis tiempos nuestros modelos a seguir eran las princesas Disney y nos atontaban con la idea del amor romántico y la espera del príncipe azul con el «vivieron felices y comieron perdices», hoy en día multitud de películas cuentan con mujeres heroínas y pasan el test de Bechdel (también conocido como the rule, es un método para evaluar la brecha de género en las películas en general. Tiene que cumplir con tres requisitos: aparecen al menos dos personajes femeninos, estos mantienen una conversación y no es sobre hombres).

Pero como toda acción provoca una reacción voy a mencionar sólo dos polémicas: la primera, el revuelo que se creó cuando se supo que la película de ‘La Sirenita’ iba a ser interpretada por una actriz negra, porque todos sabemos que las sirenas son blancas, ¿no? Tan reales como los unicornios. Y segundo, la película de ‘Lightyear’ censurada en 14 países por una escena en la que una pareja de dos mujeres se besa. Vaya a ser que incitemos a la homosexualidad a los niños, ¿no? Ambas polémicas dicen mucho sobre cuánto nos queda por mejorar tanto en temas de racismo, como de homofobia.

Sobre gustos musicales, todos hemos criticado a los jóvenes por las letras sexistas del reggaeton y sus artistas favoritos que los adultos no llegamos a comprender (¿quizás por eso a los jóvenes les gustan?), como Bad Bunny, favorito entre la generación Z. Pero recordemos que las canciones que escuchábamos nosotros no eran muy feministas que digamos: ‘Blurred Lines’: cuestiona el consentimiento, ‘Every breath you take’ (The Police) que normaliza el acoso, y un largo etcétera. Al menos Bad Bunny o Harry Styles representan nuevas masculinidades: pues maquillarse, pintarse las uñas o la ropa que llevamos no debería tener género.

Ahora la juventud está concienciada sobre las «red flags» para detectar maltrato en una relación, aunque también es cierto que las nuevas tecnologías han favorecido el control en algunas parejas «tóxicas» (como dicen ellos). Pero la tecnología bien usada puede marcar una gran diferencia: no olvidemos que usando TikTok los jóvenes consiguieron boicotear un mitin de Trump en 2020. No subestimemos a nuestros jóvenes, seguro que si tuviésemos smartphones también los querríamos usar a todas horas.

No dejo de maravillarme de lo que me enseña cada día mi alumnado, y de los nuevos términos que denuncian cosas que antes eran innombrables: «grooming», «gaslighting», «stealthing», «sexting», etc; También sé que hoy, cuando saquemos en clase el tema de por qué celebramos el 8M, aprenderé cosas nuevas de ellos. La pregunta que cada año se repite es, ¿por qué necesitamos el feminismo si ya hemos conseguido la plena igualdad? Si eso fuera cierto en la práctica, no sólo en la teoría, no habría necesidad de un 8M. Pero soy optimista y seguiremos luchando hasta el día en el que no haya que salir a la calle a reivindicar el día internacional de la mujer trabajadora.

Angie Roselló | Regidora de Unidas Podemos en el Ayuntamiento de Sant Antoni y candidata a la alcaldía

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