Supongo que a estas alturas ya sabrán lo que es la cultura de la cancelación, esa manera tan actual y tan parcial de negarle la palabra, la voz y hasta la presencia a ciertas personas cuando otras determinan que se merecen acabar en el ostracismo.

Es una censura llevada al extremo, porque en realidad el motivo por el que se persigue o se silencia a una persona o colectivo es tan subjetivo que resulta imposible no pensar que cualquier día puede ocurrirle a cualquiera.

Sin duda estamos en una época en la que las líneas de lo bueno y lo malo se mueven y es como andar en un campo de minas; hay palabras prohibidas, expresiones perseguidas, temas tabú, y así una va sintiendo que el horizonte del pensamiento y la palabra se van encogiendo hasta convertirse en un camino único, con unas directrices marcadas a fuego.

Qué exagerada -dirán ustedes- si en España se puede hablar y opinar de cualquier cosa. Ja. Pues no, ni de broma. Porque rápidamente hay un colectivo o un segmento poblacional (este neolenguaje suena muy institucional y formal, ¿eh?) que se siente aludido, discriminado, y con el derecho a exigir una reclamación. Que si viviésemos en otros tiempos, estarían las calle llenas de duelo a pistola o espada a cuenta de tanto ofendidito pidiendo una reparación.

Así que cuando alguien dice la verdad a la cara, que es como hay que decirla, hay muchos que sienten que se les está faltando, porque están tan acostumbrados a maquillarla que no la reconocen con la cara lavada. Porque sí, existe una verdad, lo mismo que existe una objetividad, a pesar de que están tan manoseadas y maltratadas que cada cual pretende ostentar la suya frente a los demás.

Por eso lo de cancelar, porque no quiero ni siquiera entrar a debatir o permitir que exista la posibilidad de otra opción real que no sea la mía; así que mejor no te dejo ni verbalizar la tuya, no sea que en el fondo tengas una pizca de razón, argumentos válidos, y me toque polemizar con lógica. Niñatos que creen que la vida tiene un botón de bloquear, como el Twitter.

Cobardía, vamos a decirlo claramente. La cancelación no deja de ser un acto de cobardía, porque pretende erigirse en ley por encima de las leyes y llegar hasta el último recodo del pensamiento de los demás. Te niego la voz y te señalo con el dedo, como antes se ponía el capirote a los condenados inquisitoriales, porque esta post verdad tiene más de estrechez de miras, de puritanismo y de prohibición que la secta más reaccionaria que hayamos podido conocer. Quizás es que la Historia sí es cíclica, y ahora vuelve a tocar oscurantismo. Vayan comprando velas.