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Verónica carmona

Dame más gasolina

El oficio de gasolinero está en peligro de extinción. Si su función ya se ha limitado a la de atender detrás de un mostrador, ahora ni eso. Buscando la estación de servicio más barata de Ibiza la semana pasada fui a repostar a una en la que el contacto personal ha desaparecido por completo. Una máquina al lado del surtidor te cobra y abre el grifo del preciado líquido. La tecnología va desplazando al hombre en algunas ocupaciones aparentemente menos cualificadas. Sin embargo, no dejo de pensar en esas personas como mi padre que van por la vida sin móvil, sin tarjeta y con cero interés por las nuevas tecnologías que vayan más allá del mando de la televisión. Para los nostálgicos siempre quedarán los campos de Castilla, sí, porque en la meseta aún quedan gasolineras que mantienen el viejo oficio con un empleado a pie de surtidor, de esos que van abrigados hasta las cejas, porque trabajan en horarios intempestivos, y que llevan riñoneras de piel para darte el cambio sin pasar por caja. Amablemente te atienden sin que tengas que bajarte del vehículo, te abren el tapón del depósito y aprietan el grifo por ti. Luego pagas y te despides de alguien que te desea un buen viaje o un buen día. A veces incluso con una sonrisa. ¡Vaya lujo!

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