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Tribuna

Las piedras

Es Cap d’Aubarca es un lugar que no viene de paso. Allí se va porque se tiene que ir, o se quiere ir. Su cima, es Camp Vell, hace de vigía hacia el Sur, hacia la isla. Se ve Dalt Vila. A Tramontana, pasando sobre su cresta, se llega a es Alls. Allí, todo son acantilados que caen directos al mar, y entre otras rocas cortadas en vertical, aparecen algunas marinas algo más llanas.

En ibicenco, decimos Aubarca, como decimos aufals (alfalfa) o aufàbrega (albahaca), en vez de Albarca, alfals o alfàbrega. Se denomina L implosiva, tal como explica Enric Ribas i Marí en el artículo Notes sobre el parlar mossàrabic d’Ibiza, y hace referència (10) (M. Villancómez Llobet, Curs d’iniciació a la llengua (Ibiza, 1978), p.210)

Solo podían estar allí sobreviviendo, en es Cap d’Aubarca, recolectando, en tiempo de piratas, hace mil años, quienes tenían algún refugio para entrar y habitar a salvo, y salir cuando sus enemigos habían huido, habían muerto o todavía no habían vuelto para atacar de nuevo.

Cuando ya no aparecen más enemigos, desde principios del siglo XIX, quien habita allí aprovecha para cultivar. Construye paredes de piedra, una al lado de otra, sin descanso, quizás durante toda una vida, para poder tener bancal de cultivo, feixa o feixetó, en cualquier rincón posible. Una y otra, paredes tan altas como los brazos de quienes las amontonan a poner piedra sobre piedra, con los pies en tierra, sin andamios, para ir rellenando de tierra entre paredes. Y labrar primero y sembrar después. Y esperar que llueva para ver crecer lo sembrado. Y cosechar y segar. Y eras para separar el grano de la paja.

Me he pasado horas mirando las fotografías aéreas de es Cap d’Aubarca. La del año 1956 es reveladora. Son miles y miles de pasos que se pueden dar hoy mismo resiguiendo cada uno de esas paredes. El bosque de pinos lo ha colonizado todo, pero las paredes allí siguen. En algunos lugares, esa pared de piedra amontonada, en seco, es tan alta como ancho es el bancal que se cultiva, es feixetó. Solo se puede entender tal trabajo porque le hacía falta hacerlo a quien lo hizo, o mejor dicho, le hacía mucha falta. Era cuestión de supervivencia.

Bajando de la cima des Camp Vell, siguiendo su cresta, allí donde la pendiente viene a ser algo más llana que vertical, encontramos ses Torres d’en Lluc. Ya nadie las recordaba cuando se empezó a aprovechar todo rincón para cultivar, en el siglo XIX, cuando se hicieron esas paredes de piedra y feixes i feixetons. Su primera torre, la de Mestral, junto al canto justo de la roca serrada sobre la marina, quiere ser cuadrada, pero tiene sus esquinas redondeadas. Y no se conoce ninguna otra así sobre la isla. De Mestral hacia Xaloc, una pared que podría ser la pared maestra de todas las otras, recta y ancha como tres de las que hacen feixa, va a buscar la segunda torre, medio círculo por delante de la pared maestra, hacia Migjorn. Y más hacia Levante, la pared maestra ya se va confundiendo con las paredes de feixa más finas.

Dos torres y un centenar de pasos de muralla, que a día de hoy levantan pocos palmos sobre tierra, entre paredes de feixa del siglo XIX, que seguramente se hicieron con las piedras de aquella muralla y aquellas torres, sin saber ni que eran muralla ni torres. Quien conquistó aquel lugar, mucho tiempo atrás, quiso que se olvidara lo que fue, después de saquear todo el que tenía valor económico.

De una fuente de la que no sé su autor todavía, se dice : «En los textos: con -Ib.. Albarcha a. 1552 (Macabich, Sta. María la Mayor, Cròn. 28); Albarca — Jondal — S. XVI (id. Feudalismo, 47); «--en 1552 — una refriega habida con una partida de moros desembarcados en Cala de Albarca» (id. Feudo., 37). 5)

Buscando, buscando, se puede encontrar que el Castillo de Feria, en Badajoz, o el Castillo de la Rábita, en Granada (que fue en tiempos árabes un monasterio, un ribat), están construidos también sobre cerros de roca, y sus torres principales, torres del Homenaje, de tiempos árabes, son rectangulares con sus esquinas redondeadas, como esta primera torre den Lluc.

De tantas paredes que hay

allí en Aubarca, seguro que alguna tiene más siglos que no sabemos. Y también puede haber más torres, arrasadas casi hasta los cimientos, y castillo y casas y aljibes formando el refugio de quienes allí habitaban, contra aquellos enemigos que atacaban. No queda casi nada que se vea. Pero que no se vea, allí queda todo, eso es seguro. Porque ninguna ciudad, ningún lugar, por mucho que se quisiera destruir y hacer olvidar hace mil años, se podía arrasar totalmente. Ahora con armamento atómico, sí es más fácil. Pero de lo antiguo, siempre queda rastro. Porque para destruir los cimientos hace mil años, se tendría que haber picado mucho, y haber picado a mano. Quien conquistó no quiso trabajar tanto, después de saquear. Y si se quiere, hoy día, se podrá encontrar todo este cimiento, porque estar, allí está.

Algo parecido a lo que pasó en Aubarca, puede pasar en Vila. Allí lucen sus murallas renacentistas, y sus murallas anteriores, las árabes, se van encontrando poco en poco, porque no hizo falta usar sus piedras para hacer feixes ni las nuevas murallas. Para pagar las nuevas murallas, tras tres siglos de desprotección, desde 1235 hasta 1555, llegaron los tesoros de América, y las piedras venían cortadas a medida de las canteras desde las costas de la isla.

Las piedras del puerto de Vila, los bloques del cantil, también llegaron a medida, en tren de vapor desde la cantera junto a ses Figueretes. También la cala d’Aubarca fue puerto. Y también las piedras del suelo des Moll vinieron y se colocaron empedrando este paseo de Vila, con esas juntas ajustadas a dos dedos de ancho.

Este empedrado que se quede allí donde está, que muy bien queda y si se puede reparar mejor, que mejor estaba -hace sólo ocho años, no más, que se levantó por primera vez en más de cien años- con esas juntas entre piedras ajustadas a dos dedos y no medio palmo como pasa ahora.

Y que sirva este empedrado para quien habita en la isla, como refugio para pasear. Y su ammonite, fósil más antiguo que cualquier rastro de habitante en la isla, al que todos de pequeños hemos buscado, caracol, caracol, que quede allí donde está, tan tranquilo. Y tal cual, que allí quede el Club Náutico, para quien habita en la isla todo el año, y sale a navegar, gestionado sin ansias de lucro. Porque el patrimonio cultural, también es riqueza, y además no tiene precio.

Lo que se quiera hacer frente al cantil del puerto deberá justificar que es lo mejor para estos barrios protegidos. Esos argumentos deberán separar claramente el grano de la paja, para cumplir las leyes de Patrimonio Histórico.

Creo que ahora en 2022, nadie puede tener necesidad ni interés en desmontar el empedrado histórico des Moll, ni para hacer feixes, ni muradas, ni tampoco casas o negocios. Y sin embargo, siempre podemos seguir implosionando, como la L implosiva ibicenca.

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