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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

Nostalgia y cintas de vídeo

Cerca de casa hay un pequeño negocio que aún se anuncia como copistería, pero qué va. Vende prensa, postales, papelería, regalos desesperados, se hacen fotos de carnet y en este reinventarse o morir, también sirve de punto de recogida de infinitas empresas de paquetería. Aunque han abierto junto a mi portal una colorida franquicia que incluye ‘fotocopias’ en los carteles de ‘Todo para la vuelta al cole’, sigo fiel a mis principios de aportar mi granito de arena a que el resiliente señor y su local abarrotado perduren. Y mi granito es tan minúsculo que apenas voy cuando las burocracias obligan, cargada de USB para imprimir una de cada, a dos caras o fotocopiar esto y esto, y esto dos veces y tras varios viajes sorteando cajas de Amazon y Zalando, entre el ordenador y la fotocopiadora, me pide como treinta céntimos que pago bastante avergonzada.

Hace unos meses, mientras aguardaba turno hipnotizada por el Tetris de estanterías, descubrí un cartel, entre los de se hacen tazas personalizadas o se guardan suscripciones, anunciando que pasan VHS a DVD. ¡Por supuesto! ¿Dónde si no? Así que, de vuelta a casa, en la caja de más al fondo de las cajas que nunca saco, empecé a escarbar entre los negativos de toda una vida, tan ordenados como abandonados, hasta llegar al tesoro de cintas de vídeo con títulos manuscritos del tipo: “Boda de”, “Nacimiento de”, “Viaje a”. Y antes de que se me enfriaran los músculos de la nostalgia, volví a la copistería, VHS en mano que tenían, juro, hasta moho. El hombre orquesta los miró sin asco manifiesto, casi casi sin juzgar y me dijo que tenía bastante lío -doy fe- y que no sabía cuándo los tendría. Tras tantos años en un cajón, ¡me iba a venir de unas semanas! Y le pagué. Hacienda somos todos o a saber qué burocracia, cada vez que iba a fotocopiar o a imprimir, preguntaba por las cintas y se disculpaba por el retraso y todo el lío que tenía hasta que el otro día, finalmente, me entregó los DVD.

Volver a casa para darle al play debe ser lo más parecido a viajar en un DeLorean a colarte en tu baile de instituto.

Del argumento de las películas poco tengo que decir en mi defensa, más que eran otros tiempos y quien no haya tenido un cuñado creativo en convites grabando todo, que tire la primera piedra. Que el viaje de turno se interrumpa porque alguien grabó encima Son Goku, son daños colaterales que entraban en lo previsto. La sinopsis: un tostón inmasticable para cualquiera ajeno a aquella vida tan tan lejana que, sin embargo, fue mi vida.

Y la prueba irrefutable de que ya está todo inventado y antes de Instagram ya estaban las cintas de vídeo. Todas esas películas son personas que sonríen en momentos felices. No hay funerales o tardes en urgencias, sino fiestas de cumpleaños, festivales de fin de curso o comidas de Navidad en casa de los abuelos. Bailamos, estrenamos coche, vamos por primera vez a un safari o a la nieve. Esa maravilla de un niño que te grita mami desde lo alto del tobogán o corre hasta agarrarse a tus piernas. Me reconozco en esa madre lo mismo que no en esa mujer casada que dimitió del cargo hace más de veinte años. Y por mucho que todo lo grabado sea color de rosa, desde el sofá de casa de ahora, sí saltan a los ojos todos los detonantes que nos llevarían al divorcio. Sin otro camino posible. Sin nada que hubiéramos podido decir o hacer para evitar nuestro destino. Y así está bien.

Siguiendo el manual del buen divorciado él se casó al ratito con otra, pero esta vez rubia. Yo me planté, por Dios, que ya era reincidente. Y siguiendo a pies juntillas el manual, tras su siguiente divorcio salió ahora con jovencitas y yo con gilipollas porque resulté muy de ensayo-error.

Y tropecientos años después, vino de visita esta semana y no pude resistirme. A los postres, saqué los DVD. Andaba regrabando con la cámara del móvil entre muchos “¡eh!”, cada vez que reconocía a alguien, tan joven ¡y con pelo! Y muchos “¡oh!” cada vez que descubría a alguien que ya no está, hasta que por fin, soltó el maldito móvil y lo vi rendirse en el sofá, simplemente observando. Con los músculos de la nostalgia a tope, se notaba mucho más ruido que en los eh, oh, ah, en su silencio. Y así estaba bien. Y yo no le preguntaba nada porque me parecía que las nostalgias nunca fueron gananciales y no hay nada más privado que lo que uno añora; que en lo que uno se reconoce o no.

Y de camino al aeropuerto paré en la copistería por si había opción de duplicarlos, no solo para que se los llevara, sino para que a su vez los reparta entre todos los contemporáneos de aquella vida que una vez también fuera nuestra y que esta onda expansiva de nostalgia nos salpique a todos, pero dijo el hombre orquesta asomando apenas tras una trinchera de cajas de AliExpress que tenía mucho lío. Y doy fe que es cierto. Y quizá sea lo mejor. Así que devolví los DVD junto a las cintas de vídeo al lugar que les corresponde: la caja más al fondo de las cajas que no sacaré jamás.

@otropostdata

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