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Noemí Martínez

El alzhéimer es jodido e injusto

En poco tiempo él también se olvidó de mí. A pesar que me tenía como su cuarta hija, cuando en realidad era la tercera de sus cinco nietas. Pero me crié con él. Cuando salía de mis clases de piano le veía sentado en un banco junto a la pastelería de mi pueblo con una raqueta de crema (una especie de bollo) en la mano. «No se lo digas a tu abuela», me decía mientras sacaba cien pesetas para que yo me comprara otra y le guardara el secreto. De ahí pasó a levantarse de madrugada y arrasar con la nevera, lo que hizo que cada noche escondiéramos toda la comida. Toda. La diferencia es que no intentaba ocultarlo porque su cabeza ya había decidido adoptar otro ritmo. Dejó de conocerme a mí, a mis primas y a sus hijas. También a su mujer. Tuvimos a una interna en casa para que nos ayudara a cuidarle, pero era imposible, así que mi abuela tomó la difícil decisión de que fuera a una residencia a un pueblo a 45 minutos del nuestro. A los años consiguió plaza en ‘casa’. Mi madre estaba allí trabajando como auxiliar de enfermería, acababa de sacarse el título. Era ella quien le cuidaba, pero él no la conocía. Le llevamos raquetas durante años, pero no sabía quiénes éramos. Su cerebro decidió recrearse en sus veinticinco años, cuando la mayoría aún no existíamos. El alzhéimer es jodido. Es jodido e injusto.

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