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Tribuna

Gemma Martínez

Directora adjunta de El Periódico

El fin del mirlo blanco Juan Carlos I

«Una serie de HBO minimiza los mayores escándalos del emérito, que no debió ir a Buckingham»

Un intruso se coló este domingo en el Palacio de Buckingham en la recepción que el rey Carlos III ofrecía a los líderes mundiales que un día después participarían en el funeral de Estado de su madre, la Reina Isabel II. Estaba invitado, sí, pero su presencia duele y es incomprensible por mucho que se llame Juan Carlos I, vaya acompañado de su esposa, Sofía, y tenga el título de rey emérito. Que le acompañen en esta ocasión histórica otros monarcas que por abdicación ya no ejercen, en Bélgica o los Países Bajos, tampoco es disculpa para una invitación que nunca debió aceptar el rey expatriado, que no coincidía en un acto oficial con los reyes Felipe VI y Letizia desde 2020.

El desembarco inglés coincide con la emisión del documental ‘Salvar al Rey’, de HBO, que se presenta como una historia de espías. Los tres episodios plantean cómo la maquinaria de Estado se afanó por proteger al emérito de sus propios actos y por ocultar sus escándalos.

Pero la serie, como muy bien escribían en este diario Ernesto Ekaizer y Dani García Sastre, es sobre todo el retrato de un monarca ávido de dinero y sexo, que se creía impune. El documental pasa de puntillas por los verdaderos escándalos de Juan Carlos I, como su fortuna en el extranjero o las transacciones financieras opacas.

El mayor valor de ‘Salvar al Rey’ está en los testimonios de viva voz del emérito y de sus amantes. En una cinta de audio se escucha a Juan Carlos I cuando empiezan a hacerse públicas las primeras informaciones sobre las amistades peligrosas que mantenía con destacados empresarios españoles. Habían pasado quince años de reinado y el entonces jefe de la Casa Real, Sabino Fernández, filtraba el día a día de estos círculos que no compartía.

Juan Carlos I, molesto, se reconoce en el audio como «el mirlo blanco de las monarquías europeas» por haber esquivado durante quince años el escrutinio por parte de la prensa, que otros reyes sufrían desde hacía diez años. «Me lo dijo mi primo Miguel de Grecia, que me diera con un canto en los dientes. Y tenía razón», reconoce el emérito.

Hoy, afortunadamente, se acabó el mirlo blanco, aunque vaya a Buckingham, gracias a un periodismo que, como dice Bill Kovach, todavía es hoy una disciplina de verificación.

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