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Diario de Ibiza

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Juan José Millás

Ataúlfo, Sigerico, Walia, Teodorico

Por la tele anuncian medicamentos para la memoria, no para que te acuerdes de una cosa en concreto, sino para que te acuerdes de todo en general, que viene a ser como no acordarse de nada. Cuando yo era adolescente, nos daban, en épocas de exámenes, unas pastillas a base de fósforo para que retuviéramos la lista de los reyes godos, que caían mucho. No se sabe de nadie que lograra aprendérsela entera, pero andábamos todo el día muy excitados porque el fósforo posee, por lo visto, cualidades afrodisiacas, cuestión que nuestros mayores ignoraban. Este asunto creó asociaciones venéreas indeseables. Algunos compañeros, años después, en una reunión de exalumnos, confesaron que se excitaban con la simple enumeración de aquella lista fastidiosa.

-Mi mujer -confesó uno de ellos- cree que soy un perverso porque me pongo a cien con sólo escuchar «Ataúlfo, Sigerico, Walia, Teodorico…».

El sexo, como la memoria, es un arcano. Hay temporadas en las que no nos excitamos con nada y temporadas en las que le turba a uno una película inocente de dibujos animados. Triunfó hace años un libro titulado “Vida sexual sana”, como si fuera posible llevar una vida sexual sana, que quizá sí: bastaría con averiguar en qué consiste, cosa que nadie se ha atrevido a clarificar. ¿Es saludable cierto grado de fetichismo, por ejemplo? ¿Es posible una vida sexual sin este componente? Ahora que lo pienso, en la tele anuncian también pastillas para el vigor sexual. Me pregunto si estas pastillas, como efecto secundario, aumentan la memoria del mismo modo que el fósforo ensanchaba la libido.

Todo es un misterio. Cuando hablamos de la memoria, acuden inevitablemente a la cabeza escenas del pasado. Pero acuden a nosotros de forma aleatoria. Recuerdo de súbito, sin que venga a qué, la ropa blanca de la vecina que vivía enfrente de nuestra casa, cuando yo tenía ocho o nueve años. ¡Con qué vicio me asomaba al patio interior para observar las prendas recién lavadas y pinzadas sobre el tendal! ¿Había en aquella contemplación un impulso venéreo? ¿Es posible que se encuentre allí mi prehistoria sexual? No deja de resultar sorprendente, en cualquier caso, esta asociación continua entre memoria y sexo.

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