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Diario de Ibiza

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Carles Francino

La prueba del duelo

Morir es fácil; vivir es lo más difícil. En ‘El libro de la vida’, una película de animación de Guillermo del Toro, una guía de museo explica a los niños cómo la cultura mexicana interpreta la muerte en clave lúdica y festiva. Yo no sé si morirse es fácil o difícil porque aún sigo a este lado de la barrera; tampoco creo que hayamos venido a este mundo a sufrir y que abandonarlo sea una especie de liberación; pero ojalá existiera un manual para gestionar las pérdidas de seres queridos.

Ya decía Buda que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Creo que estas fechas, en las que impera -con permiso de la pandemia- el espíritu de fiesta, son también especiales por el recuerdo de los que ya no están; y ese duelo nos pone a prueba. Ahora que los problemas de salud mental parecen empezar a salir del armario (visca la Marató!!!), aprovechémoslo.

El otro día en la radio resultaron conmovedores los testimonios de Sergio, Mariola y Carlos; los tres muy conocidos a través de la literatura, la televisión y el cine, aunque eso no era lo más importante. El valor añadido lo aportaron al desnudar sus sentimientos. Sergio, que perdió hace tiempo a un hijo de dos años, reivindica el luto y abomina de los que intentan animarte: «Yo me encerré a escribir para que el mundo me dejara en paz, para vivir mi dolor».

Mariola, inconsolable tras haberse quedado hace unos meses sin su amiga del alma, confiesa que todos los días se pone alguna prenda suya para recordarla; y busca palabras para explicar la demoledora sensación física de la ausencia: «Daría buena parte de lo que tengo por poder abrazarla una vez más». Carlos, viudo desde hace año y medio, aún devastado y con tres hijos pequeños a su cargo, invoca un sortilegio: «Cuando íbamos los cinco en el coche teníamos la sensación de que nada malo podía ocurrirnos. Ahora vamos cuatro…».

Después de escucharles, no sé si Buda o Guillermo del Toro tienen razón; lo único claro es que hablar de los ausentes reconforta y que no hay bálsamos más eficaces contra la pena que la empatía y el cariño. Pueden obrar milagros.

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