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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

Una muñeca

Descansan a mi lado una decena de postales de Navidad, bien gorditas (suelo colocarles besos), que mañana llevaré al buzón desde el otro lado del mundo. A cambio, quizá, recibiré una. Seguro también un par de llamadas con remordimientos cuando algún destinatario, un año más, reciba su cartulina impregnada de purpurina y grandes deseos, disculpándose porque, un año más, el tiempo se le echó encima y no tuvo tiempo de corresponderme —¿existirá algún ejemplo mejor para el verbo que la correspondencia?— ¡y yo les juro que me da lo mismo! Que escribo por el placer de escribir. Que escribo porque siempre, estando de viaje allá o aquí, o porque al caer los últimos granos del reloj de arena del año, siempre hay alguien a quien necesito escribir. No siempre son los mismos, no vayan a pensar. Algunos sí: mis hijos. Mis personas favoritas en el mundo sin importar el tiempo que haga que se tiñen o se afeitan. Pero el resto de receptores funcionan por una serie de variables que aún no he logrado descifrar. Ellos tampoco y no veo que me lo tengan en cuenta, ni cuando la moneda cae del lado de un sobre en el buzón que no es una oferta de canapé y colchón ni de la urgencia de comprar piso en la zona pago al contado, ni cuando no. Creo que es porque somos amigos de verdad, pero vaya uno a saber…

El hecho de que el vuelo que iba a comprar para volver a casa transcurriera precisamente durante la noche de fin de año —aprovechando un mínimo lapso entre billetes carísimos— da una idea de lo que me importa la Navidad en realidad: ¡mucho! Lo que para mí la Navidad no va de estar dos fechas señaladas y luego no, ni de atiborrar las calles principales de la ciudad de luces de colores para dejar tres paralelas atrás a oscuras, justo donde duerme gente entre cartones. Eso es indecente todos los días del año. Tampoco tiene que ver con estrenar un vestido que tal vez no vuelva a usar o comprar objetos al tuntún para que quienes quiero —o tampoco tanto— acumulen en un cajón, en la vitrina o en el tocador. Cosas. Cosas y más cosas.

Sin embargo, le he comprado un calendario de adviento a la hija de esta familia que me ha acogido estas últimas semanas en Estados Unidos. Ahora regresa cada tarde del colegio sabiendo perfectamente qué ventanita le toca abrir y cuenta los días que faltan para Navidad. También la he ayudado a escribir una carta a Santa Claus —esto es Estados Unidos, pero el método es igualmente válido para los Reyes Magos, el Niño Jesús o el mismísimo ratoncito Pérez— porque va y resulta que no escribía, con el riesgo implícito de que Santa Claus no adivinara cuál es su muñeca favorita y, porque el frío confunde, viniera cargando del Polo Norte otra simplemente parecida. Pero también porque así hasta la propia niña tiene la oportunidad de ordenar entre el bombardeo de anuncios de esto, y esto y esto… qué es lo que quiere realmente y sí, eso incluye siempre que a ningún niño le falte una casa y comida y alguien que lo quiera muchísimo. Las chocolatinas de un calendario de adviento o los deseos de una carta a Santa Claus son quizá la manera más corta que se me ocurre ahora de explicar lo que para mí es la Navidad…

Y con la carta de la niña en su mochila para echarla a un buzón y mi pila perfecta de sobres que viajarán a España incluso antes que yo, he sentido la necesidad de escribir también al lector. Perdón por la ñoñería. Prometo que no servirá de precedente, pero vaya uno a saber…

Querido lector (por favor, cambia aquí ‘lector’ por tu nombre; el de pila, aquel con el que te llamaba tu abuela o algún bonito apodo que alguien te puso de niño):

No sé cuánto tiempo llevas del otro lado de la página, pero quiero darte las gracias. Por leerme, por supuesto, pero también por dar apoyo a este periódico, ¿te imaginas cómo sería el mundo sin periódicos buenos?

Espero que el año que termina haya sido benévolo contigo y con los tuyos. También espero que la Navidad (signifique lo que signifique para ti y da igual si empieza en diciembre o en febrero) te permita abrazar a tus personas favoritas en el mundo y tengas la oportunidad de decirles: gracias (seguro que te sobran los motivos), quizá hasta perdón y, sobre todo, te quiero ¡no importa que se lo hubieras dicho ya hace media hora! Pero también te deseo que los cajones los tengas llenos de proyectos; que la vitrina luzca con orgullo tus éxitos y lo aprendido en las derrotas y que el tocador lo utilices lo justo porque como más me gustas es al natural. También te deseo que las llamativas luces de colores nunca te impidan ver todo lo que ocurre en los callejones secundarios y, si está en tu mano hacer algo —¡aunque sea votar!—, por favor, lo hagas. Que nunca a nadie le falte una casa, un plato de comida, agua caliente, la oportunidad de estudiar, de trabajar, asistencia médica… y hasta una muñeca. Porque esas son las cosas que tejen la dignidad. Que nunca dejen de importarnos y se nos note al caminar.

De corazón, lector, feliz Navidad .

@otropostdata

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