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Diario de Ibiza

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Miguel Ángel González

desde la marina

Miguel Ángel González

Una última copa

Recuerdo que hace ya algunos años se me ocurrió hablar de la eutanasia en un artículo y me pidieron con discreción que no lo publicara. Hablar entonces del morir no estaba bien visto, tenía mala prensa. Las cosas finalmente han cambiado y el derecho a una muerte digna se ha reconocido. Hoy, con un nudo en la garganta, no como colaborador en estos papeles, sino como lector, quiero felicitar y agradecer a Diario de Ibiza y a José Miguel L. Romero el acierto de compartir con los lectores el extraordinario ejemplo de dignidad y fortaleza que nos ha dejado Doerte Lebender al decidir el momento y la forma que ha tenido de despedirse de todo y de todos con una última copa de Baileys. Creo que ha sido un valiente brindis por una vida que amaba. Poder conocer el porqué y el cómo de su decisión que se nos ha explicado con absoluto respeto, sin tabúes, miedos ni dramatismos, puede aliviar y ayudar a quienes vivan o podamos vivir situaciones parecidas. Gracias también a Artur Rettenberger, que se ha desvivido por la vida de ella. Y por supuesto, gracias a los profesionales, a quien ha dado carta legal a la decisión, a la doctora y a las enfermeras que han acompañado y ayudado a la Sra. Doerte, a la que ya no olvidaremos.

¡Qué hermoso es -cuando se necesita-, poder ver la muerte como ella la veía, como descanso, como viaje, como una puerta que todos tenemos que cruzar! ¡Y como una transformación! Creamos o no en la existencia de otra vida -algo de lo que nadie sabe nada-, parece plausible y razonable estar abiertos a una trascendencia que pueda responder a la pregunta que más nos afecta y para la que no tenemos respuesta, el enigma que supone vivir y el hecho de que exista, con su extraordinaria complejidad, todo lo que existe.

Incluso si somos agnósticos o ateos, cabe la esperanza. Cabe, incluso, la curiosidad por saber, de una vez por todas, si ese ‘otro lado’ es una realidad. El problema es que sólo lo sabremos cuando demos el salto, cuando crucemos la puerta o esa ventana que, para visualizar su aliento y su deseo, Doerte pidió que, al morir, dejaran abierta para poder irse en paz. Un simbolismo, sí, pero también una esperanza a la que no tenemos por qué renunciar.

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