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Prats, Xescu

Pescadores en vías de extinción

El pasado sábado, con cierta melancolía, leímos en estas páginas la crónica del final de la última saga de pescadores profesionales que faenaban en Cala Llentrisca. Tras la jubilación de los hermanos Pep y Toni Cardona, de la familia Pujolet, que salían a diario cada uno a bordo de su respectivo llaüt, ya no queda nadie más. Sin embargo, no hace tanto tiempo que este rincón costero aglutinaba a siete profesionales y aún existían algunos más repartidos por las calas abruptas de es Cubells.

Lamentablemente, esta situación se repite en muchas otras zonas de la costa ibicenca y, aunque algunos jóvenes se han ido sumando a la flota, la pesca artesanal tiende a ser un oficio en vías de extinción. La causa no es únicamente la falta de relevo generacional, sino que intervienen otros factores igualmente dramáticos, como las innumerables trabas burocráticas, la indiferencia de Bruselas con respecto a las particularidades de nuestras islas y la avaricia y el nulo respeto de algunos negocios locales.

¿Puede alguien concebir una Ibiza sin cofradía de pescadores y sin variedades locales en los mercados y los restaurantes? En realidad, ni siquiera hace falta imaginarlo; basta con pasear por los innumerables supermercados de la isla que ya han sustituido por completo nuestros pescados por salmón, merluza y bacalao, o acudir a esos nuevos restaurantes supuestamente de lujo, que han proliferado estos últimos años y cuyas cartas no incluyen un solo plato elaborado con producto del mar ibicenco.

A pesar del valioso trabajo y la apuesta por la sostenibilidad que ha emprendido la cofradía en estos últimos años, cuyos caladeros son la envidia del Mediterráneo por su estado de conservación, la marca Peix Nostrum se viene utilizando como un florero. Adorna ferias turísticas y jornadas gastronómicas, pero luego las demandas que requiere esta industria para garantizar su supervivencia a medio y largo plazo son insuficientemente atendidas. Cuántos restaurantes tienen langosta ibicenca en su vivero y meros, gallos y roges etiquetados como Peix Nostrum en sus expositores, para luego servir pescados de Marruecos u otras zonas como si fueran de aquí.

Es evidente que la cada vez más exigua flota de la cofradía no puede cubrir más allá del 15 ó 20% del pescado que demanda la isla, pero lo mínimo exigible a los restaurantes es que sean honestos; que vayan con la verdad por delante e indiquen al cliente la procedencia de lo que le sirven o al menos le ofrezcan la posibilidad de elegir entre un pescado local u otro de fuera, a unos precios determinados. El margen de mejora en este asunto por parte de la restauración es, sin duda, enorme y con su actitud solo perjudican a los pescadores y todo el trabajo que realizan para potenciar su marca. También se requiere mucho más apoyo a la hora de promocionar en las cartas productos más modestos como el salmonete o el gerret, que son frecuentemente ignorados.

Mucho más grave es que aún existan innumerables establecimientos que adquieren cantidades industriales de pescado procedente de arponeros y la pesca deportiva, cuyas capturas ni se declaran ni pagan tributos. El fenómeno ha crecido en la isla de forma exponencial y los controles que se realizan por parte de las autoridades son claramente insuficientes para ponerle freno.

El sector, asimismo, afronta contrariedades tan insólitas como las cuotas del atún rojo. La flota artesana balear tiene una cuota este año de sesenta toneladas, que se reparten cien embarcaciones. Sin embargo, media docena de grandes naves foráneas que faenan en cerco pueden capturar 1.300 toneladas. Balears es uno de los mejores caladeros del mundo, pero son otros quienes se benefician; los mismos que acaban vendiendo sus capturas en los rincones más alejados del planeta, para que luego regresen a nuestros mercados. Este disparate se decide en los despachos de Bruselas, donde los grandes lobbies pesqueros se llevan el gato al agua, sin que nadie defienda a los nuestros con resultados.

En paralelo, la Unión Europea ha decidido condenar a la desaparición a la flota de barcos de arrastre, limitando sus días de trabajo hasta un extremo insostenible. Ya solo faenan unos 200 días al año, que acabarán quedándose en 150. Se nos aplica el mismo régimen que en otras zonas de España, como Valencia o Catalunya, donde tienen el triple de arrastreros que nosotros. Este tipo de pesca no constituye la solución más sostenible, pero la actividad tan limitada de la nuestra no tiene apenas consecuencias y sin el volumen que representa, la Cofradía de Ibiza difícilmente podrá subsistir.

El pescado de Ibiza es uno de nuestros mayores iconos y valores. Si queremos seguir presumiendo de él como en estos últimos años, toca arrimar hombro y proporcionar un apoyo mucho más efectivo y sustancial a la cofradía y a sus profesionales.

@xescuprats

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