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Pilar Rodríguez Losantos

Bohemios sin Whatsapp

Ya saben ustedes que la semana pasada Whatsapp, Facebook e Instagram murieron en combate. Lo saben porque lo sufrieron como todos los demás, divididos entre los que habían perdido su herramienta de trabajo y los que debieron sucumbir al horroroso mundo de lo analógico para encontrar entretenimiento.

Con este comienzo supongo que creen que el artículo de hoy es un alegato a favor de la vida sin redes sociales, del descubrimiento personal, de la ausencia de frivolidad y de la felicidad que encumbra al ser cuando uno no se muerde y se envenena con la vida perfecta del prójimo que, si el mundo fuera justo, sería un poco más infeliz que yo.

En contra de lo que parece, hoy les vengo a hablar de todo lo contrario. Hay un prototipo de ser humano que inunda las redes sociales online y offline (lo que popularmente se conoce como ‘grupo de amigos’) que parece que tiene una especie de querencia por ser una suerte de revolucionario parisino bohemio de los 60, entre atormentado por la levedad de su existencia y con una vida tan glamurosa e interesante que jamás estará a la altura de los que nos conformamos simplemente con vivir.

Estos personajillos son los típicos que viven enfrascados en los hashtags de Instagram de mindfulness, que suben fotos a horas intespectivas de la noche diciendo que acaban de salir de la oficina, comparten su lista de Spotify en público con grupos de música alternativos mientras ocultan la que de verdad se ponen cada día, que por supuesto es lo más comercial que existe; y los que en política votan a Errejón porque ser de izquierdas está bien, pero ser obrero en foto ya queda regular.

Estas personas, que si encuentran la felicidad en ese modo de vida no hay más que respetarles y admirarles por ello, tienen una fea costumbre que es la que nos ocupa en días como hoy y, sobre todo, en tardes como la del lunes. Ser alternativo es estupendo si así uno lo desea, pero subirse a la atalaya moral para predicarle a los demás que es horrible que se estresen si no tienen redes sociales para comunicarse con su entorno, o que es una frivolidad no poder vivir sin Instagram, o que hay que aprender a relacionarse fuera de Facebook es de un cinismo apabullante.

Obviando que hacer este tipo de críticas desde Twitter constituye un oxímoron en toda regla, aunque parezca imposible tenemos que aceptar que está fenomenalmente bien tener aficiones mundanas. Es correcto seguir a miles de influencers de Instagram, cuentas de cocina o de futbolistas. Es genial tener la oportunidad de cotillear la vida de un primo lejano a través de Facebook, o lanzar hordas de memes a decenas de contactos de Whatsapp que como les aparezca un Julio Iglesias más van a bloquear a toda la humanidad.

Ser una persona completamente normal con aficiones ordinarias y una dependencia sana a las redes sociales como vía de comunicación y entretenimiento no convierte a nadie ni en un simple, ni en un frívolo ni en alguien menos interesante que el que ya tiene quince fotos distintas con un libro que no va a leer y una taza de café que ya estará fría de tanto posar.

Ser mundano está bien, y pasarlo mal cuando se cae Whatsapp también. Que ningún bohemio tuitero de turno les dé lecciones sobre cómo disfrutar la vida.

Anda que ellos no lo harían si supieran cómo.

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